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[...] Pensamos a veces qué habrá, después de la muerte, tal vez otra vida; escuchamos lo que dicen los otros: algunos dicen que nos convertimos en perros o en gatos o en otros animales: no nos molestaría porque podríamos continuar frecuentando la gente y la tierra. Cuando pensamos en otra vida, tenemos gran temor de sentirnos lejos de la tierra y desocupados, sin nada que hacer: no tendremos más nada de aquello que hoy nos hace la vida tan horrorosa y al mismo tiempo en cierto modo alegre, caliente y bulliciosa como cada cosa viva: no tendremos más los mil intereses bobos y chismosos en los que nos encontramos embadurnados, sintiendo repugnancia y placer; nos preguntamos si nos será consentido, de muertos, meter todavía la nariz en las cosas de la tierra, entrometernos en las cosas de la tierra o si en cambio nos habremos convertido en no más entrometidos sino asépticos, fríos, juiciosos y austeros.
A lo mejor nos toca, después de muertos, vagabundear sin tregua por el aire. Esta idea nos cansa y nos preguntamos si podremos tener con nosotros al menos una silla, donde sentarnos a descansar de vez en cuando. Vemos entonces el espacio lleno de sillas; y lo extraño es que elegimos, al imaginarlas, sillas muy caseras y simples: elegimos, habitualmente, nuestras sillas de la cocina. Cuando miramos nuestras sillas de la cocina, recordamos con estupor que hemos llenado el espacio, y que hemos escoltado aferrados a otros seres constreñidos como nosotros a rodar por el aire sin reposo

Natalia Ginzburg, La muerte (del libro “Non possiamo saperlo”), Einaudi

[...] En aquél tiempo, como he dicho, observaba siempre a las personas pensando en meterlas en un cuento. Después de haber escrito Mi marido me di cuenta de que el médico de aquel cuento se parecía como una gota de agua, en los rasgos, al médico de mis hijos: persona que había observado sin pensar nunca en meterla en un cuento. Se había colado deslizado en el cuento sin que yo me diera cuenta. Descubrí entonces que entraban en mis cuentos no los que yo decidía que debían entrar, si no otros que había mirado con ojo distraído. Aquel médico, lo había observado distraídamente pensando solo en servirme de él como médico, y no por cierto como personaje: y así entendí que la mirada no distraída que yo echaba sobre los seres humanos, proponiéndome usarlos para mi mundo poético, en cierto sentido los consumía, los marchitaba y los volvía inservibles como personajes; aquella mirada no distraída sino útil e interesada los gastaba, arruinando en ellos inmediatamente cualquier vida poética. Entraban en cambio, no requeridos, otros sobre los cuales mi mirada apenas se había posado o sobre los que se había posado, como ocurría con el pediatra, intensamente pero por motivos que no concernían para nada a mi escritura.
Mi marido lo escribí en mayo del 41, en Pizzoli, un pueblo del campo en el Abruzzo. En mi vida había vivido en el campo. Había, si, pasado algunos días en el campo pero de vacaciones. Pizzoli era un lugar de destierro y fui allí cuando Italia entró en la guerra. Estuve 3 años. Teníamos una casa que daba a la plaza del pueblo y desde las ventanas, más allá de la pequeña plaza donde había una fuente, veía huertas, colinas y ovejas. Las mujeres con chales negros que están en el cuento Mi marido eran las que pasaban una y otra vez a lomos de los burros, a lo largo de los senderos que subían a las colinas o bajaban, entre las viñas, hasta el río. Del grito agudo que animaba a los burros se oía el eco constantemente en aquellos senderos pedregosos, un grito gutural y ronco, y me preguntaba como me las había arreglado para vivir tantos años sin saber que existía ese grito. Podía irme del pueblo cuando quisiera, porque no era yo la desterrada, sino mi marido, pero no era fácil para mí marcharme y no me alejé de allí más que dos o tres veces y por pocos días, en 3 años. Aquél pueblo lo amaba y lo odiaba. Tenía siempre una nostalgia aguda de Turín, ciudad en la que había crecido y que me había parecido siempre insignificante y estúpida, y que ahora me parecía preciosa en el recuerdo, con las largas avenidas por las que los tranvías pasaban balanceándose y haciendo sonar las campanillas., y en la que aquél grito gutural, amado y odiado, no se oía nunca.
Comencé a escribir El camino que va a la ciudad en Septiembre del 41. Me flotaba en la cabeza septiembre, el septiembre del campo en el Abruzzo no lluvioso sino caliente y sereno, con la tierra que se vuelve roja, las colinas que se vuelven rojas, y me flotaba en la cabeza la nostalgia de Turín, y también, El camino del tabaco que había leído, me parece, en aquél tiempo y me gustaba un poco, no mucho. Y todas estas cosas se confundían y se mezclaban dentro de mí. Deseaba escribir una novela, no solo un cuento corto. Solo que no sabía si tendría aliento suficiente.
Comenzando a escribir, temía que fuera, de nuevo, solo un cuento breve. Pero al mismo tiempo temía que me saliera demasiado aburrido y largo. Recordaba que mi madre, cuando leía una novela demasiado larga y aburrida, decía “qué empanada”. Antes de eso nunca me había ocurrido que pensara en mi madre mientras escribía. Y si había pensado, siempre me había parecido que su opinión no importaba nada. Pero ahora mi madre estaba lejos y yo tenía nostalgia. Por primera vez sentí el deseo de escribir algo que le gustara a mi madre.
Para no hacer empanadas, escribí y rescribí muchas veces las primeras páginas, tratando de ser lo más posible seca y brusca. Quería que cada frase fuera como una bofetada o un latigazo.
Personajes de verdad que nadie había llamado entraron en la historia que había pensado. Realmente no sé si había verdaderamente pensado en una historia. Descubrí que un cuento breve hay que tenerlo en la cabeza come en una vaina, pero un cuento largo, en cierto momento se abre paso él solo, casi se escribe por su cuenta. Yo me había parado mucho tiempo en las primeras páginas, pero después de las primeras páginas cogí carrerilla y seguí recta con un solo impulso.
Mis personajes eran gente del pueblo, que veía por las ventanas y me encontraba en los caminos. No llamados y no requeridos habían venido a mi historia: a algunos los había reconocido enseguida, a otros los reconocí solo después de que terminé de escribir. Pero en ellos se mezclaban -también sin haberlos llamado- mis amigos y mis parientes más cercanos. Y el camino, el camino que cortaba en dos el pueblo y corría entre campos y colinas, hasta la ciudad de Aquila, había llegado también él hasta mi historia de la cual yo no sabía todavía el título, porque después de haber tenido durante años tantos títulos en la cabeza, ahora que escribía una novela no sabía qué título ponerle. Cuando terminé mi novela (así la llamaba en mi interior) conté los personajes y vi que eran 12. Doce! Me parecieron muchos. Aún me desesperé porqué verdaderamente no era una novela, sino nada más que un cuento un poco largo. No sé si me gustaba. O mejor, me gustaba hasta lo inverosímil porque era mío; solo me parecía que en el fondo no decía nada especial.
El camino era, por lo tanto, el camino que he dicho. La ciudad era a la vez Aquila y Turín. El pueblo era aquél, amado y odiado, en el que vivía finalmente hace más de un año y del que ahora conocía los callejones y senderos más remotos. La muchacha que dice “yo” era una muchacha que me encontraba siempre en aquellos senderos. La casa era su casa y la madre era su madre. Pero en parte era también una antigua compañera de escuela, que no había vuelto a ver hace años. Y en parte, era también de una forma oscura y confusa, yo misma

Natalia Ginzburg,
Cinque romanzi brevi e altri racconti, Einaudi Tascabili, Prefazione

Algunos errores son deliberados, sobre todo los nombres, prefiero Turín a Torino, Abruzzi a Abruzos, (si esto último es posible). Otros no sé traducirlos -no creo que L’Aquila sea El Aguila- o simplemente me gustan más las palabras italianas. Las repeticiones en las frases, muy frecuentes, son repeticiones de Ginzburg, están bien así, son su estilo.
Los otros errores son trabajos míos.`
Podía escribir In memoriam pero ni siquiera sé como se escribe. Para los que viven en las colinas rojas, de un septiembre cálido y sereno, y de algún modo, para los otros

Carta vigésimo octava

Tu no respetas los acuerdos.
Me escribes dos cartas al día.
Se han acumulado muchas cartas.
He llenado un cajón del escritorio, me desbordan los bolsillos y el bolso.
Tu dices qué sabes cómo está escrito Don Quijote, pero no eres capaz de escribir una carta de amor.
Y cada día te vuelves más irritable.
Además, cuando escribes de amor te hundes en el lirismo y emites burbujas… (te escribo desde el restaurante “Sur”, compuesta, sola, mientras espero una costilleta). De literatura entiendo poco (aunque tú, adulador como eres, dices que entiendo tanto como tú), pero de cartas de amor sé. No por casualidad dices que cuando entro en algún sitio, entiendo enseguida las relaciones entre las cosas y las personas.
Tu hablas de ti, pero cuando hablas de mí, me haces reproches. No se escriben cartas de amor por el propio placer personal, igual que un verdadero amante, en amor, no piensa en sí mismo.
Con diversos pretextos escribes siempre de una sola cosa. Deja de escribir cuanto cuanto cuanto me quieres, porque al tercer cuanto empiezo a pensar en cualquier cosa
ALJA

(el original en Sellerio editori Palermo, Zoo o lettere non d’amore)
(Alja es la escritora Elsa Triolet, amiga del autor. En París -se cuenta en el prólogo- existe un archivo donde se conservan las cartas originales entre Alja y Sklovskij)
(no estoy segura de que un verdadero amante en amor no piense en si mismo -casi creo lo contrario, salvo si es un amante que no existe. Si que creo que acabado el amor puede que el amante, todavía inventado, empieze a pensar en otras cosas y las piense algo mejor -o algo peores. Pero la carta no la escribí yo)

Si dejara de escribir – pienso

como si hablara con ella, que no me escucha

(por el simple hecho de que no está,

y la veo solo pasar

pensando siempre otras cosas, siempre con  prisa)-

si dejara, qué  me queda entonces por hacer?

Vivir?- aventuro, y me quedo un poco en vilo,

sin una idea precisa: de  la vida

sólo la idea me cansa.

Y la escucho a ella riendo  por las escaleras:

Después de tantos años todavía en “que me queda”?

Te queda aligerar un poco las  maletas

y esperar sin pesos  la marcha

Si puedes pensando con luz clara 

Una libreta,  una o dos plumas, y  basta

 

el original

Días resplandecientes y una pena sutil

que excava y duele, pero decirla solo   

fingiendo que es bagatela,

un  rasguño  leve que  una tirita

cura –o  un poco de sol.

 

 

el original

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nos invitó a cenar a mí y a Adriana Asti en un restaurante, para hacernos saber que poco le gustaba aquella comedia. La encontraba fatua, boba, azucarada, afectada y falsa. Había empezado diciéndome: “Te diré la verdad”. Así solía decir y repetir cuando recriminaba a alguien. Aquella noche sus recriminaciones eran muy ásperas y severas, y era como si yo hubiera hecho no una mala comedia, sino una mala acción. Estaba enfadada conmigo, pero también con Adriana Asti, que le parecía de alguna manera cómplice de aquella acción culpable. Pero estaba enfadada sobre todo conmigo. La frase “te diré la verdad”, pronunciada con su voz argentina y aguda, la escuché más veces en el curso de aquella cena, en la mesa de aquel restaurante, al abierto  y bajo una pérgola, en el aire fresco y húmedo de fines de septiembre. Yo tenía con Elsa relaciones muy similares a los que tenía con mi hermana. Cuando se enfadaba conmigo y me recriminaba enmudecía porque todo lo que hubiera podido decir me parecía un montón de trapos. Lo mismo me sucedía con mi hermana. Amaba Elsa y todo lo que me venía de ella  me parecía un bien incluso cuando me era doloroso. En sus furias sentía siempre algo que daba salud y fuerza. De aquellas furias suyas uno salía desconcertado y atónito, sintiéndose como un perro que se cayó en una acequia y vuelve a tierra y se sacude el pelo. Salía atónito pero no herido y no humillado. Aquella noche como tantas otras veces, pensé que estar con Elsa era para mí como estar con mi hermana. Las furias de mi hermana eran como las furias de Elsa, violentas, impetuosas y generosas. No dejaban ni heridas, ni llagas ni sangre. En aquella ocasión, sabía que aquellas furias no me habrían inducido a revisar mi comedia o a rescribirla, sino solo a explorar atentamente la total demolición. Lo extraño es que a quién escribe pueden serle sumamente benéficas las totales demoliciones, en la misma medida que pueden serle sumamente  benéficos los totales consensos. Quién escribe es vanidoso y está deprimido. Lo acompañan y lo socorren demoliciones y consensos nutriéndolo, sosteniéndolo mientras rebota de una parte y de la otra, entre las depresiones y los sueños de gloria. Lo que hace verdaderamente daño a quién escribe es en cambio una cortés, lluviosa, opaca y soñolienta indiferencia. Yo ahora releía mi comedia con los ojos de Elsa y la encontraba como había dicho  ella. Fatua, azucarada, afectada y tal vez falsa. Salvaba algunos pequeños detalles. Donde se habían insinuado hechos y personas de mi vida. Pensaba que tal vez a  Elsa aquellos pequeños detalles se le habían escapado. Aquella comedia no la he roto y no la he vuelto a meter en un cajón. Estaba unida a ella. Continuaba deseando verla en un teatro. La han representado en invierno. Actuaba Adriana Asti

 

 

Julio, 1989

Tutto il teatro, Natalia Ginzburg, Einaudi

Por  aquellos días […] vino a mi casa la actriz Adriana Asti, que yo conocía bien, y me dijo si escribía una comedia en la que ella pudiera actuar.  Le dije que me parecía difícil.  Después me marché al campo. Allí estaba sola y me aburría y me puse a pensar qué clase de comedia podía escribir. Tenía curiosidad por saber si el malestar persistía o desaparecía.

Al principio tenía en la cabeza las siguientes cosas: la cara de Adriana Asti y su sonrisa irónica; y el Teatro Carignano de Turín donde había estado por primera vez cuando tenía 8 años, viendo una comedia que me había parecido magnífica: no me acordaba de nada salvo del título, Peg de mi corazón, y de una muchacha delgada con un gran sombrero de paja. Quizá por esto inicié  una comedia que empieza con  un sombrero. En las primeras frases salía  un sombrero. Pero se había transformado en  un sombrero de hombre. A medida que escribía el Teatro Carignano desaparecía. No sentía ningún malestar. De Adriana Asti hice una muchacha esbelta y frágil; era esbelta y frágil pero la hice más delgada y más frágil  y más pequeña de lo que era. La hice  una muchacha mucho más pequeña, desordenada y vagabunda. Veía que estaba saliendo una comedia alegre. Porque estaba saliendo alegre, no lo sé. Yo no era alegre. Pero a lo mejor salía alegre por el gran y divertido estupor que uno siente cuando hace una cosa que se había ordenado a sí mismo no hacer nunca. O a lo mejor salía alegre porque la escribía de prisa, sin ceder a respirar melancolías,  o parándome a respirarlas solo unos instantes. La escribía de prisa por el miedo a no conseguir acabarla. De prisa y por aburrimiento. Sabía bien que no conviene nunca escribir por aburrimiento: el aburrimiento es casi siempre infecundo. Al aburrimiento no hay que obedecerle. Pero a medida que escribía el aburrimiento desaparecía. La terminé en una semana. Cuando uno escribe a veces está parado, a veces camina y a veces corre. Esta vez tenía la sensación de no correr sino de resbalar. Me encomendaba al azar, como cuando era muy joven, cuando escribía a ciegas y sin saber a donde diablos quería llegar. Me parecía que había vuelto a caer en la infancia. Era una comedia con monólogos interminables. Pensaba que ninguna actriz hubiera sido capaz de aprenderlos de memoria. Como comedia me parecía del todo inutilizable. La casa en la que estaba era nueva y no habían puesto todavía el teléfono. Para ir a telefonear había que caminar una veintena de minutos entre senderos y viñas. El teléfono público era en un bar en la carretera. El servicio telefónico interurbano no existía y para llamar a Roma había que pedir una cita telefónica y esperar varias horas. A Adriana Asti la telefonee varias veces. Una vez para decirle que había terminado una comedia pero que los monólogos eran demasiado largos y ella no podría aprenderlos de memoria. Me dijo que se la mandara y se la mandé. En aquél bar, y caminando entre aquellas viñas al ir y al volver, descubrí que a esta comedia que había escrito por aburrimiento y deprisa y resbalando y encomendándome al azar, en realidad yo estaba de alguna manera unida y tenía muchas esperanzas de que alguien la representara. Otra vez telefonee y Adriana Asti me dijo que la comedia le iba bien y que los monólogos tan largos no le creaban ningún problema.

Volviendo a Roma le di la comedia a leer a Elsa Morante, a la que no le gustó lo más mínimo

 

(continúa)

 

el original en Tutto il teatro, Natalia Ginzburg, Einaudi

 

Querida Wambua, cómo te lo pasas por ahí abajo? Hace pocas horas que te caíste y ya me faltas a lo loco. Desconsoladísima me tomo el licorcito de las 10 y no sé con quién ponerme de cháchara. Tengo tanta nostalgia de nuestros revoloteos y de tu sentido del humor, de verdad formidable. Nunca me reí  tanto en toda mi muerte! Por lo que  me toca creo que voy a reencarnarme  dentro de un par de meses, más o menos. Me estoy quedando sin plumas. Y me ha parecido intuir, de ciertos soplos amigos, que me va a tocar pasar diez  años de gato, a lo mejor soriano. Ya ves, se mataron pensando! Me llamarán por algún nombre estupídisimo si tengo la fortuna de tener un amo. Mimí, gordo, pussy, betty boop. Puaj. Sabes que te digo? Me hago vagabunda y voy a vivir al bidón de la basura. Te mando un beso con la punta de los dedos  y si por casualidad nos cruzáramos, te agradezco, no me pongas en escabeche.

Miau

Tuya Geltrud

Ñe…  Ñe…  Ñe … Geltrud! No entiendo nada, es todo tan raro. Hace tanto calor y todos son negros. También yo soy negra, pequeña enana. Mi madre me lleva en la espalda. Y pensar que  medía 1,90 tenía pura sangre irlandesa en las venas!

chao chao

Wambua

el original

La maleta atada con cuerdas,

de cartón, del  tiempo de la guerra,

un sombrero de paja de ala ancha,

oscuro, de gran diva, y alpargatas blancas

de tela.  Así –faltaba poco para el alba-

la vi  volver.  Cansada, desastrada.

Casi furtiva. Circunspecta.

La sorprendí por azar, mientras salía en sueños

[al balcón con un cigarro].

Miró arriba de reojo –no  me engañó-

mientras pagaba el taxi. Habrá visto

las brasas, pienso, del cigarrillo.

Más arriba  colgaba  un rizo de la luna

justo un hilo, en el cielo color malva.

Pero ella sin un gesto siquiera de saludo

se había ya marchado por  [la rampa]-

luchando con el bolso y la maleta

y  medio sombrero cayendo [todo] de un lado.

 

 

el original

 

Volvió  a casa tarde la musa, ayer,

más bien, volvió por la mañana, me despertó

porque no encontraba las llaves en el bolso.

El paso  en los tacones tambaleante,

ojos brillantes, rizos deshechos.

Pasada de rosca, tanto

que me ha estampado un beso.

Sabía un poco a fragolino y  humo.

Desde que ha dejado de usar gafas

cree que ha vuelto a ser la que era  

y quién sabe por donde anda vagabundeando

con quién se mezcla,

qué trivios  frecuenta o qué tugurios

entre qué ambiguas compañías promiscuas

pasa la noche hasta que ya es de  día.

Duerme ahora, feliz. Ronca un poco, suave.

[Es verdad que en sueños vuelve a ser guapa]

 

 

el original

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yo no soy de aquí. No pertenezco a la tierra donde he  nacido; y en la vida se aprende, aprende quién quiere aprender, que nadie pertenece a la tierra donde ha nacido, donde lo han  hecho venir  al mundo. Que nadie es de ninguna parte. Algunos intentan mantener la ilusión y se construyen las nostalgias, sentimientos  de posesión, himnos y banderas. Todos pertenecemos a los lugares donde nunca estuvimos antes. Si existe nostalgia, es por las cosas que nunca hemos visto, por las mujeres con las que nunca hemos dormido, y por los amigos que todavía no hemos tenido, por los libros no leídos, por las comidas en la pota  que todavía no hemos probado. Esta es la verdadera y única nostalgia…

 

 

 

 

Para escribirte he buscado un lugar tranquilo y –créeme- no ha sido fácil encontrarlo. Barcelona es un largo flujo ininterrumpido de gente que camina de acá para allá. Estoy sentado en una mesa, ahora, en el primer piso de un café con una librería anexa. Entre los títulos de moda  está el último de la Homes. Se titula”Este libro te salvará la vida”. Ojalá –me dije –sería bonito, un libro. A pocos pasos de aquí está el Barrio Gótico, con la plaza y una admirable catedral. Un gentío entra por la parte derecha del pórtico,  otro tanto sale  por la izquierda. Viéndoles parece que se balancean, y sin embargo no hay nadie que controle,  gestione,  ordene; también  dentro cuando la he visitado esta mañana, el flujo parecía organizarse solo. Todos la misma ronda: una visita en sentido inverso a las agujas del reloj. Pequeñas imitaciones involuntarias  sumadas una a la otra, mira tú lo que sale.

Ha llegado un chaval con gafas y se ha sentado en la mesa de al lado. Tiene un portátil, lo ha encendido, ha pedido un café, se ha puesto dos auriculares, trajina con un móvil, inicia Messenger, chatea, se ríe en alto sin  querer, no se da cuenta. Yo hago que escribo estas cosas, saboreo zumo de piña, miro alrededor. Decididamente, este es un lugar muy tranquilo. Me alejo por un rato de la muchedumbre*. Hace poco, mientras vagabundeaba por las Ramblas, me he sentido desagradablemente igual a todos. Los comercios, sabes, son los mismos que los nuestros: iguales los nombres, iguales los escaparates, las mismas mercancías, la gente, los peinados, los tatuajes, los pendientes, los piercings. Los edificios tienen fachadas soberbias,  no lo niego, pero te quedas atrapado en la confusión. No puedes eludirlo, no lo puedes evitar, eres parte de una muchedumbre acéfala en ebullición que te permite estar en otra parte aunque estés ahí, tú, inmerso donde estás.

Nadie es de ninguna parte. Yo no soy de aquí.
Esta mañana, tan pronto me desperté, encendí la tele. Salía el clásico programa de las mañanas. El tiempo, los consejos para la compra, las entrevistas, las caras, los enfoques. Parecía “Unomattina”  o  “I fatti vostri” . Un adelanto de la programación diaria anuncia un programa siguiendo el modelo de “Camera café”, luego una cosa como “Striscia la notizia” y esta noche un clon de “Le iene”

Me he dado un baño de colores y ruidos y perfumes de especias en el Mercado de la Boquería. Había macedonias de frutas en bandejas a un euro o dos para comer caminando. Había un chaval en una silla de ruedas que vendía bonolotos y lloraba. Otro, a su lado, le daba palmadas en la espalda y le decía algo; pero el chico  lloraba sin recato, hacia que sí con la cabeza, como diciendo lo sé, pero mientras pasa esto, con los ojos rojos. En efecto encontrarse en medio de este tumulto es lo mismo que estar perfectamente solos.

Me pregunto donde está este lugar, finalmente, y donde están todos los lugares del mundo y donde está el mundo. Si también ellas, las ciudades como ésta quiero decir, sentirán que  ya no  se pertenecen a sí mismas. Por un momento me ilusioné pensando en cruzármela (esta ciudad, su alma, algo del pasado). Le echaba migas a las palomas y me ha mirado. Yo estaba sentado en un banco, estaba comiendo. Un bocadillo, el jamón aquí es bueno y está bien de precio. Me compré una bandeja en un supermercado. Y una baguette. Y una botella de agua. Las palomas giraban alrededor del banco picoteando las migas caídas. Después una mano arrugada, las migas  por el suelo, un batido de alas, nos hemos mirado un momento y he sentido como una punzada, esta absurda nostalgia,

 

 

 

 

 

 

el original

 

 

 

 

 

Vuelve, y no hay más paz. Me invade

la casa. Debe reponerse, dice,

del jet-lag – aunque hay algunas dudas

de que haya ido muy lejos.  Y sin embargo:

se echa embozada en el sofá

y allí se queda, incapaz de la cortesía

de una sonrisa o dos palabras. Ronronea.

Se queja de mi ordenador que con el ruido

le molesta. Pero es ella quién refunfuña

en sueños, o quizás  el gato,

que murmura una letanía oscura

a la murria amarga del corazón

 

el original