“Yo no soy de aquí. No pertenezco a la tierra donde he nacido; y en la vida se aprende, aprende quién quiere aprender, que nadie pertenece a la tierra donde ha nacido, donde lo han hecho venir al mundo. Que nadie es de ninguna parte. Algunos intentan mantener la ilusión y se construyen las nostalgias, sentimientos de posesión, himnos y banderas. Todos pertenecemos a los lugares donde nunca estuvimos antes. Si existe nostalgia, es por las cosas que nunca hemos visto, por las mujeres con las que nunca hemos dormido, y por los amigos que todavía no hemos tenido, por los libros no leídos, por las comidas en la pota que todavía no hemos probado. Esta es la verdadera y única nostalgia…”
Para escribirte he buscado un lugar tranquilo y –créeme- no ha sido fácil encontrarlo. Barcelona es un largo flujo ininterrumpido de gente que camina de acá para allá. Estoy sentado en una mesa, ahora, en el primer piso de un café con una librería anexa. Entre los títulos de moda está el último de la Homes. Se titula”Este libro te salvará la vida”. Ojalá –me dije –sería bonito, un libro. A pocos pasos de aquí está el Barrio Gótico, con la plaza y una admirable catedral. Un gentío entra por la parte derecha del pórtico, otro tanto sale por la izquierda. Viéndoles parece que se balancean, y sin embargo no hay nadie que controle, gestione, ordene; también dentro cuando la he visitado esta mañana, el flujo parecía organizarse solo. Todos la misma ronda: una visita en sentido inverso a las agujas del reloj. Pequeñas imitaciones involuntarias sumadas una a la otra, mira tú lo que sale.
Ha llegado un chaval con gafas y se ha sentado en la mesa de al lado. Tiene un portátil, lo ha encendido, ha pedido un café, se ha puesto dos auriculares, trajina con un móvil, inicia Messenger, chatea, se ríe en alto sin querer, no se da cuenta. Yo hago que escribo estas cosas, saboreo zumo de piña, miro alrededor. Decididamente, este es un lugar muy tranquilo. Me alejo por un rato de la muchedumbre*. Hace poco, mientras vagabundeaba por las Ramblas, me he sentido desagradablemente igual a todos. Los comercios, sabes, son los mismos que los nuestros: iguales los nombres, iguales los escaparates, las mismas mercancías, la gente, los peinados, los tatuajes, los pendientes, los piercings. Los edificios tienen fachadas soberbias, no lo niego, pero te quedas atrapado en la confusión. No puedes eludirlo, no lo puedes evitar, eres parte de una muchedumbre acéfala en ebullición que te permite estar en otra parte aunque estés ahí, tú, inmerso donde estás.
Nadie es de ninguna parte. Yo no soy de aquí.
Esta mañana, tan pronto me desperté, encendí la tele. Salía el clásico programa de las mañanas. El tiempo, los consejos para la compra, las entrevistas, las caras, los enfoques. Parecía “Unomattina” o “I fatti vostri” . Un adelanto de la programación diaria anuncia un programa siguiendo el modelo de “Camera café”, luego una cosa como “Striscia la notizia” y esta noche un clon de “Le iene”
Me he dado un baño de colores y ruidos y perfumes de especias en el Mercado de la Boquería. Había macedonias de frutas en bandejas a un euro o dos para comer caminando. Había un chaval en una silla de ruedas que vendía bonolotos y lloraba. Otro, a su lado, le daba palmadas en la espalda y le decía algo; pero el chico lloraba sin recato, hacia que sí con la cabeza, como diciendo lo sé, pero mientras pasa esto, con los ojos rojos. En efecto encontrarse en medio de este tumulto es lo mismo que estar perfectamente solos.
Me pregunto donde está este lugar, finalmente, y donde están todos los lugares del mundo y donde está el mundo. Si también ellas, las ciudades como ésta quiero decir, sentirán que ya no se pertenecen a sí mismas. Por un momento me ilusioné pensando en cruzármela (esta ciudad, su alma, algo del pasado). Le echaba migas a las palomas y me ha mirado. Yo estaba sentado en un banco, estaba comiendo. Un bocadillo, el jamón aquí es bueno y está bien de precio. Me compré una bandeja en un supermercado. Y una baguette. Y una botella de agua. Las palomas giraban alrededor del banco picoteando las migas caídas. Después una mano arrugada, las migas por el suelo, un batido de alas, nos hemos mirado un momento y he sentido como una punzada, esta absurda nostalgia,
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