por culpa del fastidioso zumbido o acúfeno que le hacia perder el sentido del tiempo y del espacio, Giobanni fue encerrado en una cabina.
Le dieron unos cascos y le dijeron que levantara la mano para indicar si sentía un sonido en esta oreja y después en la otra oreja. Giobanni manso como una vaca, se encajó los cascos en la cabeza y esperó. Ahí estaba el primer sonido. Levantó la mano. Y ahí el segundo. Volvió a levantarla. Y luego el tercero. Sonidos que subían y bajaban, graznaban y silbaban uno o dos segundos.
Estaba conmovido, Giobanni, de sus orejas tan obedientes a las órdenes, estas orejas nunca gratificadas, nunca apreciadas, nunca benditas. Sus orejas, dos, y ni siquiera de soplillo, humildes recaderas que le traían la voz del mundo.
El técnico al otro lado del cristal lo miraba un momento, para cerciorarse de que alzaba la mano y luego bajaba otra vez la vista, como en una rutina pacífica, sin sorpresas.
Luego en cierto momento, vio que el técnico lo miraba, como a la espera. ¿A la espera de qué? Él no había oído nada, ni en una oreja ni en la otra.
Entonces Giobanni comprendió y luego supo, con profusión de parte médico y gráfico plano y luego precipitado a los abismos del silencio, que se había quedado sordo a aquél sonido.
Comprendió y luego supo, Giobanni, que no habría podido oír más aquel sonido que, sabe Dios como era, donde estaba, a qué emisores humanos, animales, minerales, vibratorios, sobresaltantes, pertenecía
La conciencia de haber perdido aquel sonido –¿por vejez? ¿por trauma? ¿por un ruido fuerte? ¿por otitis? ¿por qué carallo sería? –lo dejo triste y atónito. Y consciente de que lo que ya no está, quizá nunca estuvo.

el original

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