hablan de incentivos que ya no se ofrecen. Me hago explicar qué son. Terminamos con una empleada que en la pausa de la comida coge pizzas cocidas en un horno de leña y durante diez minutos nos decimos que no seremos capaces en terminarlas; en cambio. Esquivo la lluvia, no querría, veo nubes negras y decido comprar los adornos de oro para el árbol. El oro, nos decía el profesor de estética con respecto a los iconos sagrados bizantinos, representa la divinidad. Salía de aquellas lecciones rebosante de espiritualidad fértil y estéril a la vez. “Ese profesor es un mal maestro”, pero quién lo decía, descubrí después, era un espiritualista también, pero de tipo diverso, más infantil, por lo tanto más feroz.
En el parabrisas de la moto se imprimen las primeras gotas. Cuando estoy a cubierto en casa llueve rústico, sin parar, estos momentos se me escapan siempre. El pico golpea la tierra para excavarla, pero salen solo chispas, no hay modo de agujerear la superficie.
En el momento en que se percibe una grandeza, una vastedad, el lenguaje se va de vacaciones

el original

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