Abrí la mano. Vete, le dije. Largo. Quería que se quedara. Y ella tardaba, se quedaba. Pero yo quería que se quedara de verdad, que se quedara convencida, que se quedara porque solo podía quedarse- quería que quedarse para ella fuera ley, nomos, destino. Y: vete, le dije. Vete vete vete. Y ella tardaba, me miraba, miraba mis dedos alrededor, grandes como torres, y lloraba un poco. Vete, insistí: y intuía la grieta en su dique de quedarse*, que era (pero eso no podía todavía saberlo: y tal vez todavía no lo sé) la grieta misma en mi mentira cotidiana. Vete! Ella derramó una lágrima en la palma de mi mano, igual que se paga un óbolo extorsión, y desplegó las pequeñas alas, y se lanzó a devastarse en el mundo.
Haber amado, no es revocable. La mano se queda para siempre abierta. Herida por una lágrima, grieta en los diques del ser*: maldición entre las miles de la vida.

el original

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