[...] Pensamos a veces qué habrá, después de la muerte, tal vez otra vida; escuchamos lo que dicen los otros: algunos dicen que nos convertimos en perros o en gatos o en otros animales: no nos molestaría porque podríamos continuar frecuentando la gente y la tierra. Cuando pensamos en otra vida, tenemos gran temor de sentirnos lejos de la tierra y desocupados, sin nada que hacer: no tendremos más nada de aquello que hoy nos hace la vida tan horrorosa y al mismo tiempo en cierto modo alegre, caliente y bulliciosa como cada cosa viva: no tendremos más los mil intereses bobos y chismosos en los que nos encontramos embadurnados, sintiendo repugnancia y placer; nos preguntamos si nos será consentido, de muertos, meter todavía la nariz en las cosas de la tierra, entrometernos en las cosas de la tierra o si en cambio nos habremos convertido en no más entrometidos sino asépticos, fríos, juiciosos y austeros.
A lo mejor nos toca, después de muertos, vagabundear sin tregua por el aire. Esta idea nos cansa y nos preguntamos si podremos tener con nosotros al menos una silla, donde sentarnos a descansar de vez en cuando. Vemos entonces el espacio lleno de sillas; y lo extraño es que elegimos, al imaginarlas, sillas muy caseras y simples: elegimos, habitualmente, nuestras sillas de la cocina. Cuando miramos nuestras sillas de la cocina, recordamos con estupor que hemos llenado el espacio, y que hemos escoltado aferrados a otros seres constreñidos como nosotros a rodar por el aire sin reposo

Natalia Ginzburg, La muerte (del libro “Non possiamo saperlo”), Einaudi