El colegio al que van los niños es un gran edificio en forma de U, viven monjas viejas de una orden dedicada a la enseñanza. Como todos los lugares vinculados a un poder palpable y antiguo, tiene grandes árboles, pinos de al menos cien años, y un aire azulado temprano por la mañana, cuando llego y dejo a los pequeños. Fuera, cuando cada niño se encuentra en su clase y todo se vuelve silencioso, se respira, por un tiempo no superior a diez minutos, el aire tranquilo de un intervalo. Los padres, en general mamás, fuman un cigarro y hablan. Hay en ellas un desasosiego bastante diferente al de las chicas. En éstas se proyecta al exterior, en aquéllas se refleja en miradas absortas, que agujerean el aire y lo dejan intacto, mientras que en las chicas el aire alrededor vibra como el vapor en el hocico de un caballo nervioso en un día frío. Una mamá especialmente es una preciosa muchacha con un culo suave y perfecto. Usa leagins adherentes, minifaldas vertiginosas que suscitan la divertida reprobación de las monjas, que hablan de ellas describiendo las medidas. Y sin embargo parece dotada de una inocencia que la salva de comentarios maliciosos, tal vez porque está ajetreada ordenando los niños que no quieren dejarla y esto vuelve su sensualidad menos importante. La belleza de las otras mamás es distinta, es una belleza de historias en los dedos que se mueven alrededor de las llaves del coche, del paquete de cigarrillos o del móvil, de los ojos cuando se aquietan y se alejan, o bien ríen divertidos por alguna historia.
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