[...] En aquél tiempo, como he dicho, observaba siempre a las personas pensando en meterlas en un cuento. Después de haber escrito Mi marido me di cuenta de que el médico de aquel cuento se parecía como una gota de agua, en los rasgos, al médico de mis hijos: persona que había observado sin pensar nunca en meterla en un cuento. Se había colado deslizado en el cuento sin que yo me diera cuenta. Descubrí entonces que entraban en mis cuentos no los que yo decidía que debían entrar, si no otros que había mirado con ojo distraído. Aquel médico, lo había observado distraídamente pensando solo en servirme de él como médico, y no por cierto como personaje: y así entendí que la mirada no distraída que yo echaba sobre los seres humanos, proponiéndome usarlos para mi mundo poético, en cierto sentido los consumía, los marchitaba y los volvía inservibles como personajes; aquella mirada no distraída sino útil e interesada los gastaba, arruinando en ellos inmediatamente cualquier vida poética. Entraban en cambio, no requeridos, otros sobre los cuales mi mirada apenas se había posado o sobre los que se había posado, como ocurría con el pediatra, intensamente pero por motivos que no concernían para nada a mi escritura.
Mi marido lo escribí en mayo del 41, en Pizzoli, un pueblo del campo en el Abruzzo. En mi vida había vivido en el campo. Había, si, pasado algunos días en el campo pero de vacaciones. Pizzoli era un lugar de destierro y fui allí cuando Italia entró en la guerra. Estuve 3 años. Teníamos una casa que daba a la plaza del pueblo y desde las ventanas, más allá de la pequeña plaza donde había una fuente, veía huertas, colinas y ovejas. Las mujeres con chales negros que están en el cuento Mi marido eran las que pasaban una y otra vez a lomos de los burros, a lo largo de los senderos que subían a las colinas o bajaban, entre las viñas, hasta el río. Del grito agudo que animaba a los burros se oía el eco constantemente en aquellos senderos pedregosos, un grito gutural y ronco, y me preguntaba como me las había arreglado para vivir tantos años sin saber que existía ese grito. Podía irme del pueblo cuando quisiera, porque no era yo la desterrada, sino mi marido, pero no era fácil para mí marcharme y no me alejé de allí más que dos o tres veces y por pocos días, en 3 años. Aquél pueblo lo amaba y lo odiaba. Tenía siempre una nostalgia aguda de Turín, ciudad en la que había crecido y que me había parecido siempre insignificante y estúpida, y que ahora me parecía preciosa en el recuerdo, con las largas avenidas por las que los tranvías pasaban balanceándose y haciendo sonar las campanillas., y en la que aquél grito gutural, amado y odiado, no se oía nunca.
Comencé a escribir El camino que va a la ciudad en Septiembre del 41. Me flotaba en la cabeza septiembre, el septiembre del campo en el Abruzzo no lluvioso sino caliente y sereno, con la tierra que se vuelve roja, las colinas que se vuelven rojas, y me flotaba en la cabeza la nostalgia de Turín, y también, El camino del tabaco que había leído, me parece, en aquél tiempo y me gustaba un poco, no mucho. Y todas estas cosas se confundían y se mezclaban dentro de mí. Deseaba escribir una novela, no solo un cuento corto. Solo que no sabía si tendría aliento suficiente.
Comenzando a escribir, temía que fuera, de nuevo, solo un cuento breve. Pero al mismo tiempo temía que me saliera demasiado aburrido y largo. Recordaba que mi madre, cuando leía una novela demasiado larga y aburrida, decía “qué empanada”. Antes de eso nunca me había ocurrido que pensara en mi madre mientras escribía. Y si había pensado, siempre me había parecido que su opinión no importaba nada. Pero ahora mi madre estaba lejos y yo tenía nostalgia. Por primera vez sentí el deseo de escribir algo que le gustara a mi madre.
Para no hacer empanadas, escribí y rescribí muchas veces las primeras páginas, tratando de ser lo más posible seca y brusca. Quería que cada frase fuera como una bofetada o un latigazo.
Personajes de verdad que nadie había llamado entraron en la historia que había pensado. Realmente no sé si había verdaderamente pensado en una historia. Descubrí que un cuento breve hay que tenerlo en la cabeza come en una vaina, pero un cuento largo, en cierto momento se abre paso él solo, casi se escribe por su cuenta. Yo me había parado mucho tiempo en las primeras páginas, pero después de las primeras páginas cogí carrerilla y seguí recta con un solo impulso.
Mis personajes eran gente del pueblo, que veía por las ventanas y me encontraba en los caminos. No llamados y no requeridos habían venido a mi historia: a algunos los había reconocido enseguida, a otros los reconocí solo después de que terminé de escribir. Pero en ellos se mezclaban -también sin haberlos llamado- mis amigos y mis parientes más cercanos. Y el camino, el camino que cortaba en dos el pueblo y corría entre campos y colinas, hasta la ciudad de Aquila, había llegado también él hasta mi historia de la cual yo no sabía todavía el título, porque después de haber tenido durante años tantos títulos en la cabeza, ahora que escribía una novela no sabía qué título ponerle. Cuando terminé mi novela (así la llamaba en mi interior) conté los personajes y vi que eran 12. Doce! Me parecieron muchos. Aún me desesperé porqué verdaderamente no era una novela, sino nada más que un cuento un poco largo. No sé si me gustaba. O mejor, me gustaba hasta lo inverosímil porque era mío; solo me parecía que en el fondo no decía nada especial.
El camino era, por lo tanto, el camino que he dicho. La ciudad era a la vez Aquila y Turín. El pueblo era aquél, amado y odiado, en el que vivía finalmente hace más de un año y del que ahora conocía los callejones y senderos más remotos. La muchacha que dice “yo” era una muchacha que me encontraba siempre en aquellos senderos. La casa era su casa y la madre era su madre. Pero en parte era también una antigua compañera de escuela, que no había vuelto a ver hace años. Y en parte, era también de una forma oscura y confusa, yo misma
Natalia Ginzburg,
Cinque romanzi brevi e altri racconti, Einaudi Tascabili, Prefazione
Algunos errores son deliberados, sobre todo los nombres, prefiero Turín a Torino, Abruzzi a Abruzos, (si esto último es posible). Otros no sé traducirlos -no creo que L’Aquila sea El Aguila- o simplemente me gustan más las palabras italianas. Las repeticiones en las frases, muy frecuentes, son repeticiones de Ginzburg, están bien así, son su estilo.
Los otros errores son trabajos míos.`
Podía escribir In memoriam pero ni siquiera sé como se escribe. Para los que viven en las colinas rojas, de un septiembre cálido y sereno, y de algún modo, para los otros

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