Nos invitó a cenar a mí y a Adriana Asti en un restaurante, para hacernos saber que poco le gustaba aquella comedia. La encontraba fatua, boba, azucarada, afectada y falsa. Había empezado diciéndome: “Te diré la verdad”. Así solía decir y repetir cuando recriminaba a alguien. Aquella noche sus recriminaciones eran muy ásperas y severas, y era como si yo hubiera hecho no una mala comedia, sino una mala acción. Estaba enfadada conmigo, pero también con Adriana Asti, que le parecía de alguna manera cómplice de aquella acción culpable. Pero estaba enfadada sobre todo conmigo. La frase “te diré la verdad”, pronunciada con su voz argentina y aguda, la escuché más veces en el curso de aquella cena, en la mesa de aquel restaurante, al abierto y bajo una pérgola, en el aire fresco y húmedo de fines de septiembre. Yo tenía con Elsa relaciones muy similares a los que tenía con mi hermana. Cuando se enfadaba conmigo y me recriminaba enmudecía porque todo lo que hubiera podido decir me parecía un montón de trapos. Lo mismo me sucedía con mi hermana. Amaba Elsa y todo lo que me venía de ella me parecía un bien incluso cuando me era doloroso. En sus furias sentía siempre algo que daba salud y fuerza. De aquellas furias suyas uno salía desconcertado y atónito, sintiéndose como un perro que se cayó en una acequia y vuelve a tierra y se sacude el pelo. Salía atónito pero no herido y no humillado. Aquella noche como tantas otras veces, pensé que estar con Elsa era para mí como estar con mi hermana. Las furias de mi hermana eran como las furias de Elsa, violentas, impetuosas y generosas. No dejaban ni heridas, ni llagas ni sangre. En aquella ocasión, sabía que aquellas furias no me habrían inducido a revisar mi comedia o a rescribirla, sino solo a explorar atentamente la total demolición. Lo extraño es que a quién escribe pueden serle sumamente benéficas las totales demoliciones, en la misma medida que pueden serle sumamente benéficos los totales consensos. Quién escribe es vanidoso y está deprimido. Lo acompañan y lo socorren demoliciones y consensos nutriéndolo, sosteniéndolo mientras rebota de una parte y de la otra, entre las depresiones y los sueños de gloria. Lo que hace verdaderamente daño a quién escribe es en cambio una cortés, lluviosa, opaca y soñolienta indiferencia. Yo ahora releía mi comedia con los ojos de Elsa y la encontraba como había dicho ella. Fatua, azucarada, afectada y tal vez falsa. Salvaba algunos pequeños detalles. Donde se habían insinuado hechos y personas de mi vida. Pensaba que tal vez a Elsa aquellos pequeños detalles se le habían escapado. Aquella comedia no la he roto y no la he vuelto a meter en un cajón. Estaba unida a ella. Continuaba deseando verla en un teatro. La han representado en invierno. Actuaba Adriana Asti
Julio, 1989
Tutto il teatro, Natalia Ginzburg, Einaudi

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