Por  aquellos días […] vino a mi casa la actriz Adriana Asti, que yo conocía bien, y me dijo si escribía una comedia en la que ella pudiera actuar.  Le dije que me parecía difícil.  Después me marché al campo. Allí estaba sola y me aburría y me puse a pensar qué clase de comedia podía escribir. Tenía curiosidad por saber si el malestar persistía o desaparecía.

Al principio tenía en la cabeza las siguientes cosas: la cara de Adriana Asti y su sonrisa irónica; y el Teatro Carignano de Turín donde había estado por primera vez cuando tenía 8 años, viendo una comedia que me había parecido magnífica: no me acordaba de nada salvo del título, Peg de mi corazón, y de una muchacha delgada con un gran sombrero de paja. Quizá por esto inicié  una comedia que empieza con  un sombrero. En las primeras frases salía  un sombrero. Pero se había transformado en  un sombrero de hombre. A medida que escribía el Teatro Carignano desaparecía. No sentía ningún malestar. De Adriana Asti hice una muchacha esbelta y frágil; era esbelta y frágil pero la hice más delgada y más frágil  y más pequeña de lo que era. La hice  una muchacha mucho más pequeña, desordenada y vagabunda. Veía que estaba saliendo una comedia alegre. Porque estaba saliendo alegre, no lo sé. Yo no era alegre. Pero a lo mejor salía alegre por el gran y divertido estupor que uno siente cuando hace una cosa que se había ordenado a sí mismo no hacer nunca. O a lo mejor salía alegre porque la escribía de prisa, sin ceder a respirar melancolías,  o parándome a respirarlas solo unos instantes. La escribía de prisa por el miedo a no conseguir acabarla. De prisa y por aburrimiento. Sabía bien que no conviene nunca escribir por aburrimiento: el aburrimiento es casi siempre infecundo. Al aburrimiento no hay que obedecerle. Pero a medida que escribía el aburrimiento desaparecía. La terminé en una semana. Cuando uno escribe a veces está parado, a veces camina y a veces corre. Esta vez tenía la sensación de no correr sino de resbalar. Me encomendaba al azar, como cuando era muy joven, cuando escribía a ciegas y sin saber a donde diablos quería llegar. Me parecía que había vuelto a caer en la infancia. Era una comedia con monólogos interminables. Pensaba que ninguna actriz hubiera sido capaz de aprenderlos de memoria. Como comedia me parecía del todo inutilizable. La casa en la que estaba era nueva y no habían puesto todavía el teléfono. Para ir a telefonear había que caminar una veintena de minutos entre senderos y viñas. El teléfono público era en un bar en la carretera. El servicio telefónico interurbano no existía y para llamar a Roma había que pedir una cita telefónica y esperar varias horas. A Adriana Asti la telefonee varias veces. Una vez para decirle que había terminado una comedia pero que los monólogos eran demasiado largos y ella no podría aprenderlos de memoria. Me dijo que se la mandara y se la mandé. En aquél bar, y caminando entre aquellas viñas al ir y al volver, descubrí que a esta comedia que había escrito por aburrimiento y deprisa y resbalando y encomendándome al azar, en realidad yo estaba de alguna manera unida y tenía muchas esperanzas de que alguien la representara. Otra vez telefonee y Adriana Asti me dijo que la comedia le iba bien y que los monólogos tan largos no le creaban ningún problema.

Volviendo a Roma le di la comedia a leer a Elsa Morante, a la que no le gustó lo más mínimo

 

(continúa)

 

el original en Tutto il teatro, Natalia Ginzburg, Einaudi