La maleta atada con cuerdas,

de cartón, del  tiempo de la guerra,

un sombrero de paja de ala ancha,

oscuro, de gran diva, y alpargatas blancas

de tela.  Así –faltaba poco para el alba-

la vi  volver.  Cansada, desastrada.

Casi furtiva. Circunspecta.

La sorprendí por azar, mientras salía en sueños

[al balcón con un cigarro].

Miró arriba de reojo –no  me engañó-

mientras pagaba el taxi. Habrá visto

las brasas, pienso, del cigarrillo.

Más arriba  colgaba  un rizo de la luna

justo un hilo, en el cielo color malva.

Pero ella sin un gesto siquiera de saludo

se había ya marchado por  [la rampa]-

luchando con el bolso y la maleta

y  medio sombrero cayendo [todo] de un lado.

 

 

el original

 

Volvió  a casa tarde la musa, ayer,

más bien, volvió por la mañana, me despertó

porque no encontraba las llaves en el bolso.

El paso  en los tacones tambaleante,

ojos brillantes, rizos deshechos.

Pasada de rosca, tanto

que me ha estampado un beso.

Sabía un poco a fragolino y  humo.

Desde que ha dejado de usar gafas

cree que ha vuelto a ser la que era  

y quién sabe por donde anda vagabundeando

con quién se mezcla,

qué trivios  frecuenta o qué tugurios

entre qué ambiguas compañías promiscuas

pasa la noche hasta que ya es de  día.

Duerme ahora, feliz. Ronca un poco, suave.

[Es verdad que en sueños vuelve a ser guapa]

 

 

el original