Vuelve, y no hay más paz. Me invade

la casa. Debe reponerse, dice,

del jet-lag – aunque hay algunas dudas

de que haya ido muy lejos.  Y sin embargo:

se echa embozada en el sofá

y allí se queda, incapaz de la cortesía

de una sonrisa o dos palabras. Ronronea.

Se queja de mi ordenador que con el ruido

le molesta. Pero es ella quién refunfuña

en sueños, o quizás  el gato,

que murmura una letanía oscura

a la murria amarga del corazón

 

el original