Nadie me escribe, nadie pasa por aquí, nadie me llama, aparte de teledos o telemás que quiere saber si prefiero un vestido azul a alguna otra cosa que no le he dado tiempo de decirme.
Y Mari, que busca a Tere.
Tere, soy Mari.
Mire que se ha confundido de número.
Tere…
Soy otra vez yo señora.
Tere…
Por favor marque BIEN el número.
Tere…
Escuche, no puede aprender a marcar BIEN el número?
Tere…
Mire que es la DECIMA vez.
Tere…
Pero lo hace aposta, empiezo a hartarme, aprenda a marcar bien el c*** de número, escríbaselo.
Tere…
No.
Tere…
Soy siempre yo señora, no querría aprender a marcar ese condenado número sin romperme las narices?
Luego estoy sola.
Sola con 30 plantas de petunia a las que hay que espulgar de las flores secas y les salen 10 por planta cada 3 horas.
Debería estar contenta. Soy de tipo solitario, bendito por la conexión a la red que me autoriza a estar o no estar exclusivamente cuando quiero, a parte de Mari, y apasionada por las flores secas que funcionan mejor que cualquier medicamento para tener controlada la tensión que Mari me hace subir.
He incluso intentado chacharear un poco pero finalmente le doy miedo.
Soy la voz severa que le dice que puede vivir sola encerrada en casa, hablando con Tere, o en su barrio, soy la prueba de que es mejor llamar a la puerta, aunque el teléfono es una gran invención, o lo sería, si no la pusiera en contacto conmigo que le riño y le trato mal.
Mari es vieja, se nota por la voz, a lo mejor no más vieja que yo, pero tecnológicamente vieja, lo que quiere decir que está fuera de moda, y que mi voz seca le asusta, como le asusta la voz grabada del call center.
Mari no llama al INPS (1), va allí y hace horas de cola.
Mari no tiene un pin una password una conexión wifi una cuenta bancaria tarjeta, no tiene ni siquiera un móvil.
Tendrá un mando a distancia, me digo, y la veo sosteniendo el mando con las dos manos y aplastando los botones con precisión, es más, lo acerca a la televisión cada vez que quiere cambiar de cadena, pero no hace zapping, le gustan los anuncios, aunque algunos no los entiende.
Mari no sabe lo que es un no-lugar, y si la han llevado nunca ha sabido lo que era un no-lugar.
Mari si tiene que coger un tren, va a sacar el billete a la estación.
Mari tiene ansiedad si tiene que mirar el tablón de las salidas.
Mari ve la televisión y cuando llegue el descodificador padecerá días de pasión.
No sabe qué es un descodificador, a lo mejor tiene un marido que sabe qué es o un hijo, pero ella no tiene la más pálida idea y para todo lo que tiene que ver con el mundo exterior depende de alguien, estará agitada durante días, como se agita cuando me llama en vez de llamar a Tere.
Es más, enmudece.
Ahora basta con que diga, Si? Y ella reconoce mi voz y cuelga enseguida asustada, siento su ansiedad, tiene incluso un olor que me llega a través de la línea.
Quién es Tere, me he preguntado, una hija? O una cuñada, una amiga?
Y dónde está? En la aldea? O en algún sitio todavía más pequeño?
Mari no tiene el carnet de conducir, se nota por la voz. Tampoco yo tengo el carnet pero no se nota por la voz.
Pienso que he discutido con amigos que sostienen que toda Italia, es más, el mundo, tiene un ordenador por familia, si no por cabeza, y Internet les impide a los niños ver un burro vivo, porque ahora los burros son todos virtuales.
A lo mejor Mari tiene un burro, la próxima vez se lo pregunto.

El original:

(1)INPS, Instituto Nacional de Previsión Social

En fin, me arriesgué con esta traducción. Puede que haya traducido disparates tipo cabellos galopantes -lo que no sería tan insólito si soplara algo de viento- por caballos galopantes y cosas así o peores. Esperemos que sean las menos

[...] Teresa, tal como yo la leía, conseguía, extasiándose y escribiendo sus éxtasis, no solamente sufrir y gozar en cuerpo y alma, sino también curarse (o casi) de sus más gruesos síntomas: anorexia, postración, insomnios, síncopes (desmayos), epilepsia, gota coral y mal de corazón,, parálisis, extrañas hemorragias y horribles migrañas. Mejor todavía, ella debía lograr imponer su política a la de la Iglesia reformando la orden del Carmelo. Y fundar diecisiete monasterios en 20 años: Avila, Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla y Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada y Burgos. Y escribir una obra abundante (sus Obras completas son 9 volúmenes en la edición crítica del padre Silverio de Santa Teresa). Y revelarse como una muy sutil experta en metapsicologia, mucho antes que Freud, es demostrable. Y imponerse como una hábil “mujer de negocios” en una Iglesia que no pedía tanto. Enamorada impenitente, agitada por un deseo insaciable por los hombres, por las mujeres, y naturalmente por el hombre-Dios Jesucristo, ella no sueña ni un instante en velar su pasión. Incluso si toma el velo, se enclaustra y se disimula bajo un rudo hábito de monja. Al contrario, Teresa aviva hasta el extremo sus éxtasis para sentir mejor las delicias -sadomasoquistas, sin duda- analizándolas enteramente*. Y nos lega esa obra maestra de auto observación y retórica barroca que no es un Castillo del alma, como se traduce un poco demasiado rápidamente, sino más bien un caleidoscopio de “residencias”, de moradas en español: un “aparato psíquico” compuesto de múltiples caras, de transiciones plurales, en las que la identidad de la escritora se escapa de ella misma, se pierde, se libera… sin que eso disguste a la afortunada ingeniera*. Y que podría hacer palidecer de envidia a mis compañeros psicoanalistas si se tomaran la molestia de visitar este “castillo” no como los otros.
Desde que ella ha surgido en el vagabundeo de mis noches submarinas, que se ha impuesto “por defecto” *en mi discurso, Teresa no cesa de invadirme en todo momento. No sin irritarme, sobre todo durante las sesiones de psicoterapia con mis analizantes. Que son todos y todas enfermos de amor, como Teresa, como Margarita Duras, como la informática y tantos otros. Como yo misma, salvo que después de tanto tiempo analizando y analizándome, me he desapasionado, y esto no es tan simple. A su manera, Teresa, tampoco se engaña: en todo caso, bastante menos que algunos de mis pacientes que aman sufrir por amor, ellos también, y fingen no entender mis interpretaciones, sin duda porque me aman demasiado.
Ella, Teresa, no duda en ir a la “raíz” de sus “pecados”, de sus “deseos bullentes”, sus “caballos galopantes”, escribe, ni de atacar la incompetencia de sus confesores que no la entienden.

Estaba todo el daño en no quitar de raíz las ocasiones, y en los confesores, que me ayudaban poco; que, a decirme en el peligro que andaba; y que tenía obligación a no traer aquellos tratos, sin duda creo que se remediara, porque ninguna vía sufriera andar en pecado mortal solo un díia, si yo entendiera. Todas estas señales de temer a Dios me vinieron con la oración, y la mayor era ir envuelto en amor, porque no se me ponía delante el castigo. Todo lo que estuve tan mala me duró mucha guarda de mi conciencia, cuanto a pecados mortales. !Oh, válame Dios, que deseaba yo la salud para más servirle y fue causa de todo mi daño”

Thérèse mon amour, Julia Kristeva,

Notas
1. El texto que se cita al final, de Santa Teresa, en francés, Vie, 6.4 lo extraigo de Libro de su vida, editorial Porrúa, México

2. Donde, un ejemplo solo, está escrito “par defaut”, dudé si elegir la acepción usada en informática, “por defecto, predeterminada”, o la acepción del derecho, “en rebeldía”: Como me gusta más ésta, rebelde, elegí aquella. “En rebeldía” se siguen los juicios en el que uno, llamado a contestar en un proceso, no comparece: es declarado rebelde. Podría pensarse que Teresa, llamada a juicio, no va a comparecer, por lo que se seguirá la causa en su ausencia. Queda toda su obra hablando y un juez bueno -o un buen abogado.
En fin, otras trescientas notas exóticas así, divagantes

La distancia de la luna

Me acuerdo bien de aquél 20 de julio de 1969.
Desembarcamos en la luna ya por la mañana, en el mar. La luna era una huella de sal vieja, un hueso de sepia, un muro de cal del verano interminable (en los años Sesenta los veranos duraban ocho o diez meses, con mucho pan y tomate, peras* y rompientes) y bajó a buscarnos casi enseguida.
Mamá, mujer práctica, nos había puesto camisetas de rayas y sombreritos, pero se había interrumpido preguntándose: habrá sol, en la luna?. Optó por el sí. La luna se había inclinado vertiginosamente hacia nosotros, que aunque vivíamos en un mundo bastante lento y rumiante y terrestre, preparábamos desde hacia meses ese desembarco colosal. Los periódicos –que también entonces eran más lentos, con páginas que duraban días- publicaban ecuaciones de aceleración, informativos sobre juntas de Cardano y biografías de los astronautas como si fueran actores de cine. La luna, como la conocíamos, se alejaba y sin embargo se acercaba, magnífico y hollywoodiano cuerpo celeste fabricado en América.
Mamá dirigió el desembarco, que era más bien un embarco, visto que aquella luna parecía una barca gigantesca de una madera seca y azul: pasamos por la playa, en fila india, con cubos y palas (nos preguntábamos: habrá tierra, en la luna?) y la bolsa de la merienda. La luna empezaba con una pasarela de ases* pequeños, un adoquinado de piedras preciosas, una resaca ligera de espumas.
Porque la única cosa que sabíamos con certeza era que sí, mar había, en la luna. Es más, había mares. Con nombres poéticos como Mar de la Tranquilidad o Mar de la Fecundidad. Y por eso llevábamos los bañadores bien abrochados, para darnos el primer baño lunar.
Sabíamos todo de la luna: que atraía los lobos, los peces y las mareas. Que le agradaba la plata, que se comía los muertos. Que tenía una cara oculta (pero nosotros la veíamos igual, mirando con la nariz y los ojos de punta). Que a veces estaba pintada de rojo, y era tan grande que mamá metía dentro la ropa tendida, para que no le cayera encima el polvo lunar. Que llegaba en un carro, pero según nosotros era una barca (de hecho era una barca). Que colgaba de las ramas, pero también de la nada. Que a veces se colocaba en el centro exacto del Estrecho, flotando y cantándose canciones incomprensibles lunares que agitaban los sonidos y los peces. Que en agosto no se iba nunca de casa, donde entraba bajo la forma de una río de leche pegajosa, leche de almendra probablemente. Entonces caminábamos con la luna en los tobillos, y luego hacíamos historias antes de dormir, porque no queríamos lavarnos los pies. En suma, se trataba solo de subirle encima, finalmente. Caminar sobre la luna era normal. Hacía ruido de pasarela, y olía a litoral y adelfas. Hacía ruido de sandalias y de cabinas mojadas.
También nos bañamos, en un mar cualquiera que parecía justo el nuestro: frío, azul, lleno de corrientes, nervioso.
A la una estábamos en casa para comer macarrones con tomate*

el original

Tengo una modista, una señora amable, pequeña, de pelo negro, un casco, muy buena, me ha dicho el comerciante de tejidos, en la sección de chaquetas, que sin embargo no me interesan, y a la que intento de hacerle copiar el único par de pantalones que me satisface por comodidad, utilidad, versatilidad.
Viene a mi casa, y viene siempre con una niña de 4 o 5 años, pálida, menuda, con el pelo castaño claro, hija de una amiga suya, que no dice nunca una palabra, aunque ella le invita a dar señales de vida, dile hola a la señora.
Pero la niña me mira y calla.
Estas pruebas son complicadas desde cualquier punto de vista, porque ella tiene algo que creía que ya no existía y se llama “patrón”, en el cual tiene una fe total y yo se la mino.
Su patrón no se parece en nada a mis pantalones.
Es una guerra de culturas que me tiene a mí como víctima porque las pruebas para acercar su patrón a mis pantalones ideales son frustrantes, infinitas y se avanza por pequeños ajustes sucesivos.
Pero tampoco ella tiene una vida fácil, las otras señoras para las que cose algo nunca tienen nada que replicar, mientras que yo tengo en la cabeza el pantalón ideal, soy hipercrítica.
Escruto el producto de su patrón, me lo pongo y me siento.
Ve? Le digo, tira, y yo en cambio quiero estar cómoda, el modelo original no tira.
Culpa del tejido, dice ella, los industriales son diferentes.
(Hay siempre en su tono una tímida obstinación, mientras que yo soy drástica).
No, culpa del patrón, no querría coger el par viejo y copiar?.
El par viejo está deformado, dice ella, el patrón nunca me traiciona.
Pero traiciona mi pantalón ideal, digo yo.
La pequeña testigo de estas conversaciones un poco surrealistas nos observa a nosotras y a la habitación con la misma atención tranquila.
Finalmente, después de 10 pruebas, cedo y pago un pantalón no ideal que queriendo parecerse a un pantalón ideal es todavía más inadecuado.
A pesar de la experiencia del pantalón le he hecho copiar también un vestido recto, sin mangas, sin cuello, monacal, azul noche, de modo que los defectos se vean menos, un vestido para una maleta perfecta, bueno de la mañana a la noche, convencida de que al menos para éste no tendría su maldito patrón.
Y en cambio lo tiene.
Estamos en la décima prueba.
La cría da vueltas por la habitación y mira mis pies desnudos, probablemente en su casa los adultos usan zapatos o zapatillas y los pies se desnudan solo en el paso de los unos a las otras, mientras está claro que yo vivo descalza y para ella debe de ser algo extraño. A lo mejor piensa que le dicen siempre ponte los zapatos. A lo mejor piensa que yo no tengo ni siquiera un par. Quizás. Entiendo que querría mirar también el resto de la casa, pero no la invito nunca a hacerlo y la modista le imparte breves directivas para que se quede allí donde se encuentra.
Ve, digo a la modista, la apertura de la manga me corta el brazo.
Y ella empuja a la niña hacia el rellano, se lo lleva a casa y vuelve con la apertura de las mangas larguísimas.
Ve, le digo, si levanto el brazo se me ve hasta el ombligo, le doy el viejo?.
No dice ella, he entendido lo que debo hacer, basta subirlo aquí.
Pero si lo sube me cortará el cuello, y luego quedará demasiado corto.
No importa dice ella, no he cortado aún, lo subimos, descosemos, alargamos.
Y se va empujando a la niña por delante como una oveja.
Ve, le digo la siguiente vez, aquí gira a la derecha, debería bajar recto.
Es culpa del forro, lo he fijado y no debo fijarlo.
Y se lo lleva a casa con la niña, una niña tan paciente, silenciosa, misteriosa que podría parecer vagamente obtusa, pero yo siento que no lo es.
Se apropia, ésta es la impresión que da, se apropia de nuestros gestos, nuestras palabras, la casa desconocida, los objetos desacostumbrados, los tonos de la voz, y no da juicios por ahora.
Pero aquí, digo a la modista la siguiente vez, aquí debajo del escote hay una bolsa, podría meter dentro la compra, no uso la 120*.
La bolsa la ha dejado perpleja, la veía también ella y no sabía de donde venía.
Me daba vueltas alrededor y tiraba por aquí y por allá.
Mire, es inútil que tire, cuando lo tenga puesto no podré estar tirando, debe caer recto sin ayudas. Entonces lo subimos, y luego lo bajamos, luego recogemos por aquí y lo soltamos por allí.
Vea usted, he dicho.
Ayer volvió, siempre empujando por delante a la niña, y el vestido en efecto era recto y la bolsa había desaparecido pero en compensación había una especie de pico a la derecha.
Mire, hay algo de más, aquí.
Eh, me ha dicho, somos todos asimétricos.
Yo no, le he respondido, soy más bien simétrica, y el viejo no tiene picos, y además usted me lo está haciendo “a medida”, por ello…
Pero si usted está derecha, el pico desaparece, y me ha empujado hacia delante mientras la niña me miraba con sus ojos tranquilos.
Me he preguntado porque la trae con ella. Para ayudar a la madre que tiene otros diez? O porque la presencia de otro, aunque sea un ser tan pequeño y silencioso, facilita sus relaciones conmigo, la hace sentir menos sola? Piensa que me enternece? Y la niña porque viene?
Lléveselo a casa y me quita ese pico, le he dicho, y aunque las palabras son un poco secas, era amable.
La niña que debe también tener sus razones, si vuelve siempre, tal vez es muda. No sé ni siquiera como se llama, no sé tampoco si la modista dice su nombre, cuando están saliendo, a lo mejor no lo tiene, a lo mejor se llama talismán.

el original

[...] Pensamos a veces qué habrá, después de la muerte, tal vez otra vida; escuchamos lo que dicen los otros: algunos dicen que nos convertimos en perros o en gatos o en otros animales: no nos molestaría porque podríamos continuar frecuentando la gente y la tierra. Cuando pensamos en otra vida, tenemos gran temor de sentirnos lejos de la tierra y desocupados, sin nada que hacer: no tendremos más nada de aquello que hoy nos hace la vida tan horrorosa y al mismo tiempo en cierto modo alegre, caliente y bulliciosa como cada cosa viva: no tendremos más los mil intereses bobos y chismosos en los que nos encontramos embadurnados, sintiendo repugnancia y placer; nos preguntamos si nos será consentido, de muertos, meter todavía la nariz en las cosas de la tierra, entrometernos en las cosas de la tierra o si en cambio nos habremos convertido en no más entrometidos sino asépticos, fríos, juiciosos y austeros.
A lo mejor nos toca, después de muertos, vagabundear sin tregua por el aire. Esta idea nos cansa y nos preguntamos si podremos tener con nosotros al menos una silla, donde sentarnos a descansar de vez en cuando. Vemos entonces el espacio lleno de sillas; y lo extraño es que elegimos, al imaginarlas, sillas muy caseras y simples: elegimos, habitualmente, nuestras sillas de la cocina. Cuando miramos nuestras sillas de la cocina, recordamos con estupor que hemos llenado el espacio, y que hemos escoltado aferrados a otros seres constreñidos como nosotros a rodar por el aire sin reposo

Natalia Ginzburg, La muerte (del libro “Non possiamo saperlo”), Einaudi

Carta decimoséptima

Yo soy muy sentimental, Alja.
Esto, porque vivo seriamente.
A lo mejor todo el mundo es sentimental.
El mundo del que yo conozco el domicilio sentido.
El de los que no bailan fox -trot.
En Rusia, en 1913, tenía un alumno, un japonés. Se apellidaba Taracuki.
Trabajaba como secretario en la embajada japonesa.
Y en el apartamento en el que vivía estaba la asistenta Masa, originaria de Sol’cy.
Todos se enamoraban de Masa: los porteros, los inquilinos, los carteros, los soldados.
Pero ella no necesitaba nada. En Sol’cy tenía ya una hija de 6 años, que llamaba a la madre “estúpida”.
En la habitación de Taracuki hacía calor.
A menudo me sentaba a su lado y le leía a Tolstoi.
Leía siempre demasiado deprisa.
El rostro de Taracuki y el mío se reflejaban en el espejo, colgado de la pared.
Mi rostro cambiaba a menudo, el suyo estaba inmóvil, como si lo cubriera una vaina en lugar de piel.
Me parecía que entre nosotros dos había un solo ser humano. No conocía como acceder a su mundo. Taracuki se enamoró de Masa.
Ella se reía hasta llorar cuando él hablaba de eso.
El la acompañaba, cuando ella paseaba con el perrito blanco.
Taracuki la amó en 1914, 1915, 1916, 1917, 1918.
Cinco años.
Una vez, fue a junto de Masa y le dijo: “Escúchame Masa!
“Tengo una abuela, vive en un jardín, bajo el gran monte Fujiyama.
“Es muy aristocrática y me quiere mucho; además, en aquél jardín, corre su adorada mona blanca.
“(No os extrañéis del estilo de Taracuki: soy yo quién le ha enseñado la lengua rusa)
“Hace poco la mona blanca se ha escapado.
“La abuela me lo ha escrito.
“Y yo le he contestado que amo a una mujer de nombre Masa y que le pido su permiso para casarme. Deseaba que tu vinieras acogida en mi familia.
“La abuela me ha contestado que la mona ha vuelto, que ella está muy feliz y que consiente el matrimonio.
Pero a Masa le parecía muy ridículo que Taracuki tuviera una abuela amarilla bajo el Fujiyama.
Reía y no quería nada.
Luego vino la revolución.
Taracuki buscó a Masa y la encontró sin trabajo y comenzó de nuevo a rogarle.
“Masa aquí no entienden nada. No terminará pronto, y habrá mucha sangre. Ven a mi casa a Japón.
La revolución continuaba.
Taracuki convocó a Masa en la embajada.
En la embajada hacían las maletas.
Masa fue.
Los recibió el embajador que dijo con prisas ” Señorita, usted no entiende lo que hace; su novio es un hombre rico y aristocrático, su abuela está de acuerdo. Piénseselo, no se deje escapar la felicidad”.
Pero cuando salieron a la calle, así respondió a su japonés.
“No iré a ninguna parte” y le besó la cabeza rapada.
Taracuki volvió a su casa todavía otra vez.
Estaba muy triste. Le dijo
“Querida Masa. Si no vienes conmigo, regálame el perrito blanco con el que vas a pasear”.
Como se vivía en gran penuria y no había nada con lo que alimentar al perro, Masa se lo regaló.
La última carta de Taracuki llegaba de Vladivostok. Esto es lo que estaba escrito.
“He traído aquí tu perro y enseguida proseguiré el viaje con él, en tu país la vida va a ser muy dura para ti, espero una respuesta, escribe y yo vendré a buscarte”.
Pero apenas llegó la carta, la vía del tren saltó en centenares de puntos.
Y Masa no hubiera respondido de todos modos.
Ella se quedó.
Como antes, todos la querían.
No le daba miedo la revolución porque ella no tenía una abuela amarilla y aristocrática.
Ahora trabajaba en una fábrica.
Una fábrica de productos bélico-sanitarios -me parece que una cosa de este género.
Cuando recuerda al japonés, siente pena por él.
Todos la quieren. Es una verdadera mujer, es como la hierba: parece que no tiene nombre ni amor propio; ella vive sin darse cuenta de si misma.
También a mi me da pena por el japonés.
Y pienso que hice mal mirando el espejo y me confundí pensando que el japonés y yo
éramos diversos.
Este japonés se me parece mucho.
No creo que esto contribuirá a la consolidación de la potencia militar de su país.
Y tu no eres Masa.
En tu cielo, en lugar de las estrellas, está tu domicilio tienes tu puesto.
Por otra parte, todo esto más que bonito es triste

Zoo o lettere non d’amore, Viktor Sklovskij

No consigo entender como al llamado día de la madre se haya asociado el día para la investigación contra el cáncer, relacionándolo en particular con el cáncer de pecho y la venta de azaleas con fines benéficos.
Propondría a la sensible ministra Carfagna de proponer a su vez, en nombre de la Igualdad de Oportunidades, que el día del padre las ciudades se tapicen con manifiestos para la investigación del cáncer de próstata, con fotos de aftershave o máquinas de afeitar que se puedan comprar con fines benéficos.

PD. Noto, además, que falta en nuestro calendario del Día del Papi –a pesar de la irrupción impetuosa en el universo familiar de esta venturosa y protectora figura con una tan alta función pedagógica y civil.
Se debería de escoger un día (y un cáncer) también para esta fiesta

el original

El colegio al que van los niños es un gran edificio en forma de U, viven monjas viejas de una orden dedicada a la enseñanza. Como todos los lugares vinculados a un poder palpable y antiguo, tiene grandes árboles, pinos de al menos cien años, y un aire azulado temprano por la mañana, cuando llego y dejo a los pequeños. Fuera, cuando cada niño se encuentra en su clase y todo se vuelve silencioso, se respira, por un tiempo no superior a diez minutos, el aire tranquilo de un intervalo. Los padres, en general mamás, fuman un cigarro y hablan. Hay en ellas un desasosiego bastante diferente al de las chicas. En éstas se proyecta al exterior, en aquéllas se refleja en miradas absortas, que agujerean el aire y lo dejan intacto, mientras que en las chicas el aire alrededor vibra como el vapor en el hocico de un caballo nervioso en un día frío. Una mamá especialmente es una preciosa muchacha con un culo suave y perfecto. Usa leagins adherentes, minifaldas vertiginosas que suscitan la divertida reprobación de las monjas, que hablan de ellas describiendo las medidas. Y sin embargo parece dotada de una inocencia que la salva de comentarios maliciosos, tal vez porque está ajetreada ordenando los niños que no quieren dejarla y esto vuelve su sensualidad menos importante. La belleza de las otras mamás es distinta, es una belleza de historias en los dedos que se mueven alrededor de las llaves del coche, del paquete de cigarrillos o del móvil, de los ojos cuando se aquietan y se alejan, o bien ríen divertidos por alguna historia.

el original

[...] En aquél tiempo, como he dicho, observaba siempre a las personas pensando en meterlas en un cuento. Después de haber escrito Mi marido me di cuenta de que el médico de aquel cuento se parecía como una gota de agua, en los rasgos, al médico de mis hijos: persona que había observado sin pensar nunca en meterla en un cuento. Se había colado deslizado en el cuento sin que yo me diera cuenta. Descubrí entonces que entraban en mis cuentos no los que yo decidía que debían entrar, si no otros que había mirado con ojo distraído. Aquel médico, lo había observado distraídamente pensando solo en servirme de él como médico, y no por cierto como personaje: y así entendí que la mirada no distraída que yo echaba sobre los seres humanos, proponiéndome usarlos para mi mundo poético, en cierto sentido los consumía, los marchitaba y los volvía inservibles como personajes; aquella mirada no distraída sino útil e interesada los gastaba, arruinando en ellos inmediatamente cualquier vida poética. Entraban en cambio, no requeridos, otros sobre los cuales mi mirada apenas se había posado o sobre los que se había posado, como ocurría con el pediatra, intensamente pero por motivos que no concernían para nada a mi escritura.
Mi marido lo escribí en mayo del 41, en Pizzoli, un pueblo del campo en el Abruzzo. En mi vida había vivido en el campo. Había, si, pasado algunos días en el campo pero de vacaciones. Pizzoli era un lugar de destierro y fui allí cuando Italia entró en la guerra. Estuve 3 años. Teníamos una casa que daba a la plaza del pueblo y desde las ventanas, más allá de la pequeña plaza donde había una fuente, veía huertas, colinas y ovejas. Las mujeres con chales negros que están en el cuento Mi marido eran las que pasaban una y otra vez a lomos de los burros, a lo largo de los senderos que subían a las colinas o bajaban, entre las viñas, hasta el río. Del grito agudo que animaba a los burros se oía el eco constantemente en aquellos senderos pedregosos, un grito gutural y ronco, y me preguntaba como me las había arreglado para vivir tantos años sin saber que existía ese grito. Podía irme del pueblo cuando quisiera, porque no era yo la desterrada, sino mi marido, pero no era fácil para mí marcharme y no me alejé de allí más que dos o tres veces y por pocos días, en 3 años. Aquél pueblo lo amaba y lo odiaba. Tenía siempre una nostalgia aguda de Turín, ciudad en la que había crecido y que me había parecido siempre insignificante y estúpida, y que ahora me parecía preciosa en el recuerdo, con las largas avenidas por las que los tranvías pasaban balanceándose y haciendo sonar las campanillas., y en la que aquél grito gutural, amado y odiado, no se oía nunca.
Comencé a escribir El camino que va a la ciudad en Septiembre del 41. Me flotaba en la cabeza septiembre, el septiembre del campo en el Abruzzo no lluvioso sino caliente y sereno, con la tierra que se vuelve roja, las colinas que se vuelven rojas, y me flotaba en la cabeza la nostalgia de Turín, y también, El camino del tabaco que había leído, me parece, en aquél tiempo y me gustaba un poco, no mucho. Y todas estas cosas se confundían y se mezclaban dentro de mí. Deseaba escribir una novela, no solo un cuento corto. Solo que no sabía si tendría aliento suficiente.
Comenzando a escribir, temía que fuera, de nuevo, solo un cuento breve. Pero al mismo tiempo temía que me saliera demasiado aburrido y largo. Recordaba que mi madre, cuando leía una novela demasiado larga y aburrida, decía “qué empanada”. Antes de eso nunca me había ocurrido que pensara en mi madre mientras escribía. Y si había pensado, siempre me había parecido que su opinión no importaba nada. Pero ahora mi madre estaba lejos y yo tenía nostalgia. Por primera vez sentí el deseo de escribir algo que le gustara a mi madre.
Para no hacer empanadas, escribí y rescribí muchas veces las primeras páginas, tratando de ser lo más posible seca y brusca. Quería que cada frase fuera como una bofetada o un latigazo.
Personajes de verdad que nadie había llamado entraron en la historia que había pensado. Realmente no sé si había verdaderamente pensado en una historia. Descubrí que un cuento breve hay que tenerlo en la cabeza come en una vaina, pero un cuento largo, en cierto momento se abre paso él solo, casi se escribe por su cuenta. Yo me había parado mucho tiempo en las primeras páginas, pero después de las primeras páginas cogí carrerilla y seguí recta con un solo impulso.
Mis personajes eran gente del pueblo, que veía por las ventanas y me encontraba en los caminos. No llamados y no requeridos habían venido a mi historia: a algunos los había reconocido enseguida, a otros los reconocí solo después de que terminé de escribir. Pero en ellos se mezclaban -también sin haberlos llamado- mis amigos y mis parientes más cercanos. Y el camino, el camino que cortaba en dos el pueblo y corría entre campos y colinas, hasta la ciudad de Aquila, había llegado también él hasta mi historia de la cual yo no sabía todavía el título, porque después de haber tenido durante años tantos títulos en la cabeza, ahora que escribía una novela no sabía qué título ponerle. Cuando terminé mi novela (así la llamaba en mi interior) conté los personajes y vi que eran 12. Doce! Me parecieron muchos. Aún me desesperé porqué verdaderamente no era una novela, sino nada más que un cuento un poco largo. No sé si me gustaba. O mejor, me gustaba hasta lo inverosímil porque era mío; solo me parecía que en el fondo no decía nada especial.
El camino era, por lo tanto, el camino que he dicho. La ciudad era a la vez Aquila y Turín. El pueblo era aquél, amado y odiado, en el que vivía finalmente hace más de un año y del que ahora conocía los callejones y senderos más remotos. La muchacha que dice “yo” era una muchacha que me encontraba siempre en aquellos senderos. La casa era su casa y la madre era su madre. Pero en parte era también una antigua compañera de escuela, que no había vuelto a ver hace años. Y en parte, era también de una forma oscura y confusa, yo misma

Natalia Ginzburg,
Cinque romanzi brevi e altri racconti, Einaudi Tascabili, Prefazione

Algunos errores son deliberados, sobre todo los nombres, prefiero Turín a Torino, Abruzzi a Abruzos, (si esto último es posible). Otros no sé traducirlos -no creo que L’Aquila sea El Aguila- o simplemente me gustan más las palabras italianas. Las repeticiones en las frases, muy frecuentes, son repeticiones de Ginzburg, están bien así, son su estilo.
Los otros errores son trabajos míos.`
Podía escribir In memoriam pero ni siquiera sé como se escribe. Para los que viven en las colinas rojas, de un septiembre cálido y sereno, y de algún modo, para los otros

Carta vigésimo octava

Tu no respetas los acuerdos.
Me escribes dos cartas al día.
Se han acumulado muchas cartas.
He llenado un cajón del escritorio, me desbordan los bolsillos y el bolso.
Tu dices qué sabes cómo está escrito Don Quijote, pero no eres capaz de escribir una carta de amor.
Y cada día te vuelves más irritable.
Además, cuando escribes de amor te hundes en el lirismo y emites burbujas… (te escribo desde el restaurante “Sur”, compuesta, sola, mientras espero una costilleta). De literatura entiendo poco (aunque tú, adulador como eres, dices que entiendo tanto como tú), pero de cartas de amor sé. No por casualidad dices que cuando entro en algún sitio, entiendo enseguida las relaciones entre las cosas y las personas.
Tu hablas de ti, pero cuando hablas de mí, me haces reproches. No se escriben cartas de amor por el propio placer personal, igual que un verdadero amante, en amor, no piensa en sí mismo.
Con diversos pretextos escribes siempre de una sola cosa. Deja de escribir cuanto cuanto cuanto me quieres, porque al tercer cuanto empiezo a pensar en cualquier cosa
ALJA

(el original en Sellerio editori Palermo, Zoo o lettere non d’amore)
(Alja es la escritora Elsa Triolet, amiga del autor. En París -se cuenta en el prólogo- existe un archivo donde se conservan las cartas originales entre Alja y Sklovskij)
(no estoy segura de que un verdadero amante en amor no piense en si mismo -casi creo lo contrario, salvo si es un amante que no existe. Si que creo que acabado el amor puede que el amante, todavía inventado, empieze a pensar en otras cosas y las piense algo mejor -o algo peores. Pero la carta no la escribí yo)