XXV
Está de nuevo mirando el mar ahora. Otro, uno diferente que ahora va adelante y atrás, adelante y atrás, como si no acabara de decidirse. Cubre las conchas, empuja las algas, se marcha al abierto, de pronto temeroso, después de haberse dirigido audazmente a ella, piensa Sandra mirándolo. Apoya los talones en la arena y espera que se mueva bajo sus pies, desgarrada con delicadeza, como por un animal demasiado pequeño para ser temible. Es transparente. Tal vez porque es tan temprano, poco después del amanecer y desierto.
El aire es frío. Un buen día de finales de mayo. Ya con algunas señales del verano. Quizás en la luz. Sin duda, en la luz. El olor es el de siempre, salino, vagamente descompuesto, pero apenas corregido por indicios de … no sabe cómo llamarlo, de mar piensa sonriendo, de qué otra cosa.
Después de tantos meses ya no es en Armida en quién piensa, si no en otra que se ha ido, la madre de su madre, a la que el mar nunca le gustó. Por la arena, por todos esos cuerpos desnudos que ofendían su sentido estético y su decencia.
Qué cielo claro, observa mirando hacia arriba. Casi blanco. Ya azul sin embargo. Será un día precioso. Seco, terso.
La arena es dura bajo sus pies, de esa singular incomodidad que durante el invierno, si algo se la hace recordar, evoca súbito el verano. La incomodidad del paseo de madera finalmente en obras sobre las vigas de cemento del rompeolas. Y por debajo, boca abajo, el ruido y la luz del agua. Y por arriba, si nos giramos sobre la espalda, con las piernas y los brazos estriados por la madera desnuda sobre la que sin darnos cuenta nos hemos dormido, el cielo.
Todo esto ya no existe, piensa. Como ella.
Se ha ido de verdad, esta vez.
Si se queda así, tendida, volverá a dormirse. Un cangrejo le pellizca el pié. Un cangrejo muy pequeño, piensa. Pero ella hubiera lanzado un grito de espanto, imagina. Mientras que quizás por una rata, un ratón, no habría abierto la boca. O quizás no, quizás las señoritas se asustan por las ratas. Y ella había sido una de esas señoritas, una vez.
Qué conchas harán falta para hacer una arena tan dorada, oscura solo donde el mar continúa sus tímidos avances? Cuántos delicados caparazones de cangrejos, calcinados y desmigajados y pulverizados, cuántos detritos planetarios, llevados por las corrientes? O quizás solo detritos locales. Claro. Solo locales. Arena. Roca incoherente, se llama así, aliñada con sedimentos vivos. Constituida de huellas.
Cuánto tiempo, piensa feliz. Hace cuánto tiempo no estaba así sola, sintiendo el roce del agua en el rompiente y un fragor más lejano, una suma de pequeñísimos estruendos y crujidos que se agitan de un punto a otro de esta superficie ni siquiera demasiado vasta, doméstica?
Le hubiera gustado estar así, con ella? La naturaleza nunca le había sorprendido. Nunca emocionado cree. Los sentimientos en cambio si. Los más falsos en especial. Amores nunca vividos y sin mancha. Todo lo que no pudo ser. Lo que en cambio había sido encontraba su lugar en la buena administración de la vida. Parejas, hijos, nietos. Ovillos de lana bien compactos, agujas e hilos bien ordenados. Cartas atadas y cuidadosamente metidas y sacadas de sus sobres, etcétera etcétera, pensó. La sagrada pacotilla.
Habían tenido todas la tentación de ordenar los armarios.
Ven mejor tu aquí a sentarte y mira de una vez el mar sin disgusto, le dice.
Y qué habría podido responder, ahora, a su invitación de siempre: cuéntame algo, querida? No ha ocurrido nada especial, habría dicho también hoy. Nada al menos que se pudiera ordenar en un estante y de lo que se pudiera decir: éste es el final necesario, aquí se concluye, hay un orden en las cosas. Había simplemente pasado tiempo, y cada momento había estado de acuerdo o en contradicción, sin leyes que ella al menos reconociera como tales. Y también ella había cambiado, cierto, pero solo como cada cosa que se mueve interminablemente hacia el propio desorden
L’inesperienza, Silvia Bortoli.
Manni Editore, 2003