[...] Pensamos a veces qué habrá, después de la muerte, tal vez otra vida; escuchamos lo que dicen los otros: algunos dicen que nos convertimos en perros o en gatos o en otros animales: no nos molestaría porque podríamos continuar frecuentando la gente y la tierra. Cuando pensamos en otra vida, tenemos gran temor de sentirnos lejos de la tierra y desocupados, sin nada que hacer: no tendremos más nada de aquello que hoy nos hace la vida tan horrorosa y al mismo tiempo en cierto modo alegre, caliente y bulliciosa como cada cosa viva: no tendremos más los mil intereses bobos y chismosos en los que nos encontramos embadurnados, sintiendo repugnancia y placer; nos preguntamos si nos será consentido, de muertos, meter todavía la nariz en las cosas de la tierra, entrometernos en las cosas de la tierra o si en cambio nos habremos convertido en no más entrometidos sino asépticos, fríos, juiciosos y austeros.
A lo mejor nos toca, después de muertos, vagabundear sin tregua por el aire. Esta idea nos cansa y nos preguntamos si podremos tener con nosotros al menos una silla, donde sentarnos a descansar de vez en cuando. Vemos entonces el espacio lleno de sillas; y lo extraño es que elegimos, al imaginarlas, sillas muy caseras y simples: elegimos, habitualmente, nuestras sillas de la cocina. Cuando miramos nuestras sillas de la cocina, recordamos con estupor que hemos llenado el espacio, y que hemos escoltado aferrados a otros seres constreñidos como nosotros a rodar por el aire sin reposo

Natalia Ginzburg, La muerte (del libro “Non possiamo saperlo”), Einaudi

Carta decimoséptima

Yo soy muy sentimental, Alja.
Esto, porque vivo seriamente.
A lo mejor todo el mundo es sentimental.
El mundo del que yo conozco el domicilio sentido.
El de los que no bailan fox -trot.
En Rusia, en 1913, tenía un alumno, un japonés. Se apellidaba Taracuki.
Trabajaba como secretario en la embajada japonesa.
Y en el apartamento en el que vivía estaba la asistenta Masa, originaria de Sol’cy.
Todos se enamoraban de Masa: los porteros, los inquilinos, los carteros, los soldados.
Pero ella no necesitaba nada. En Sol’cy tenía ya una hija de 6 años, que llamaba a la madre “estúpida”.
En la habitación de Taracuki hacía calor.
A menudo me sentaba a su lado y le leía a Tolstoi.
Leía siempre demasiado deprisa.
El rostro de Taracuki y el mío se reflejaban en el espejo, colgado de la pared.
Mi rostro cambiaba a menudo, el suyo estaba inmóvil, como si lo cubriera una vaina en lugar de piel.
Me parecía que entre nosotros dos había un solo ser humano. No conocía como acceder a su mundo. Taracuki se enamoró de Masa.
Ella se reía hasta llorar cuando él hablaba de eso.
El la acompañaba, cuando ella paseaba con el perrito blanco.
Taracuki la amó en 1914, 1915, 1916, 1917, 1918.
Cinco años.
Una vez, fue a junto de Masa y le dijo: “Escúchame Masa!
“Tengo una abuela, vive en un jardín, bajo el gran monte Fujiyama.
“Es muy aristocrática y me quiere mucho; además, en aquél jardín, corre su adorada mona blanca.
“(No os extrañéis del estilo de Taracuki: soy yo quién le ha enseñado la lengua rusa)
“Hace poco la mona blanca se ha escapado.
“La abuela me lo ha escrito.
“Y yo le he contestado que amo a una mujer de nombre Masa y que le pido su permiso para casarme. Deseaba que tu vinieras acogida en mi familia.
“La abuela me ha contestado que la mona ha vuelto, que ella está muy feliz y que consiente el matrimonio.
Pero a Masa le parecía muy ridículo que Taracuki tuviera una abuela amarilla bajo el Fujiyama.
Reía y no quería nada.
Luego vino la revolución.
Taracuki buscó a Masa y la encontró sin trabajo y comenzó de nuevo a rogarle.
“Masa aquí no entienden nada. No terminará pronto, y habrá mucha sangre. Ven a mi casa a Japón.
La revolución continuaba.
Taracuki convocó a Masa en la embajada.
En la embajada hacían las maletas.
Masa fue.
Los recibió el embajador que dijo con prisas ” Señorita, usted no entiende lo que hace; su novio es un hombre rico y aristocrático, su abuela está de acuerdo. Piénseselo, no se deje escapar la felicidad”.
Pero cuando salieron a la calle, así respondió a su japonés.
“No iré a ninguna parte” y le besó la cabeza rapada.
Taracuki volvió a su casa todavía otra vez.
Estaba muy triste. Le dijo
“Querida Masa. Si no vienes conmigo, regálame el perrito blanco con el que vas a pasear”.
Como se vivía en gran penuria y no había nada con lo que alimentar al perro, Masa se lo regaló.
La última carta de Taracuki llegaba de Vladivostok. Esto es lo que estaba escrito.
“He traído aquí tu perro y enseguida proseguiré el viaje con él, en tu país la vida va a ser muy dura para ti, espero una respuesta, escribe y yo vendré a buscarte”.
Pero apenas llegó la carta, la vía del tren saltó en centenares de puntos.
Y Masa no hubiera respondido de todos modos.
Ella se quedó.
Como antes, todos la querían.
No le daba miedo la revolución porque ella no tenía una abuela amarilla y aristocrática.
Ahora trabajaba en una fábrica.
Una fábrica de productos bélico-sanitarios -me parece que una cosa de este género.
Cuando recuerda al japonés, siente pena por él.
Todos la quieren. Es una verdadera mujer, es como la hierba: parece que no tiene nombre ni amor propio; ella vive sin darse cuenta de si misma.
También a mi me da pena por el japonés.
Y pienso que hice mal mirando el espejo y me confundí pensando que el japonés y yo
éramos diversos.
Este japonés se me parece mucho.
No creo que esto contribuirá a la consolidación de la potencia militar de su país.
Y tu no eres Masa.
En tu cielo, en lugar de las estrellas, está tu domicilio tienes tu puesto.
Por otra parte, todo esto más que bonito es triste

Zoo o lettere non d’amore, Viktor Sklovskij

No consigo entender como al llamado día de la madre se haya asociado el día para la investigación contra el cáncer, relacionándolo en particular con el cáncer de pecho y la venta de azaleas con fines benéficos.
Propondría a la sensible ministra Carfagna de proponer a su vez, en nombre de la Igualdad de Oportunidades, que el día del padre las ciudades se tapicen con manifiestos para la investigación del cáncer de próstata, con fotos de aftershave o máquinas de afeitar que se puedan comprar con fines benéficos.

PD. Noto, además, que falta en nuestro calendario del Día del Papi –a pesar de la irrupción impetuosa en el universo familiar de esta venturosa y protectora figura con una tan alta función pedagógica y civil.
Se debería de escoger un día (y un cáncer) también para esta fiesta

el original

El colegio al que van los niños es un gran edificio en forma de U, viven monjas viejas de una orden dedicada a la enseñanza. Como todos los lugares vinculados a un poder palpable y antiguo, tiene grandes árboles, pinos de al menos cien años, y un aire azulado temprano por la mañana, cuando llego y dejo a los pequeños. Fuera, cuando cada niño se encuentra en su clase y todo se vuelve silencioso, se respira, por un tiempo no superior a diez minutos, el aire tranquilo de un intervalo. Los padres, en general mamás, fuman un cigarro y hablan. Hay en ellas un desasosiego bastante diferente al de las chicas. En éstas se proyecta al exterior, en aquéllas se refleja en miradas absortas, que agujerean el aire y lo dejan intacto, mientras que en las chicas el aire alrededor vibra como el vapor en el hocico de un caballo nervioso en un día frío. Una mamá especialmente es una preciosa muchacha con un culo suave y perfecto. Usa leagins adherentes, minifaldas vertiginosas que suscitan la divertida reprobación de las monjas, que hablan de ellas describiendo las medidas. Y sin embargo parece dotada de una inocencia que la salva de comentarios maliciosos, tal vez porque está ajetreada ordenando los niños que no quieren dejarla y esto vuelve su sensualidad menos importante. La belleza de las otras mamás es distinta, es una belleza de historias en los dedos que se mueven alrededor de las llaves del coche, del paquete de cigarrillos o del móvil, de los ojos cuando se aquietan y se alejan, o bien ríen divertidos por alguna historia.

el original

[...] En aquél tiempo, como he dicho, observaba siempre a las personas pensando en meterlas en un cuento. Después de haber escrito Mi marido me di cuenta de que el médico de aquel cuento se parecía como una gota de agua, en los rasgos, al médico de mis hijos: persona que había observado sin pensar nunca en meterla en un cuento. Se había colado deslizado en el cuento sin que yo me diera cuenta. Descubrí entonces que entraban en mis cuentos no los que yo decidía que debían entrar, si no otros que había mirado con ojo distraído. Aquel médico, lo había observado distraídamente pensando solo en servirme de él como médico, y no por cierto como personaje: y así entendí que la mirada no distraída que yo echaba sobre los seres humanos, proponiéndome usarlos para mi mundo poético, en cierto sentido los consumía, los marchitaba y los volvía inservibles como personajes; aquella mirada no distraída sino útil e interesada los gastaba, arruinando en ellos inmediatamente cualquier vida poética. Entraban en cambio, no requeridos, otros sobre los cuales mi mirada apenas se había posado o sobre los que se había posado, como ocurría con el pediatra, intensamente pero por motivos que no concernían para nada a mi escritura.
Mi marido lo escribí en mayo del 41, en Pizzoli, un pueblo del campo en el Abruzzo. En mi vida había vivido en el campo. Había, si, pasado algunos días en el campo pero de vacaciones. Pizzoli era un lugar de destierro y fui allí cuando Italia entró en la guerra. Estuve 3 años. Teníamos una casa que daba a la plaza del pueblo y desde las ventanas, más allá de la pequeña plaza donde había una fuente, veía huertas, colinas y ovejas. Las mujeres con chales negros que están en el cuento Mi marido eran las que pasaban una y otra vez a lomos de los burros, a lo largo de los senderos que subían a las colinas o bajaban, entre las viñas, hasta el río. Del grito agudo que animaba a los burros se oía el eco constantemente en aquellos senderos pedregosos, un grito gutural y ronco, y me preguntaba como me las había arreglado para vivir tantos años sin saber que existía ese grito. Podía irme del pueblo cuando quisiera, porque no era yo la desterrada, sino mi marido, pero no era fácil para mí marcharme y no me alejé de allí más que dos o tres veces y por pocos días, en 3 años. Aquél pueblo lo amaba y lo odiaba. Tenía siempre una nostalgia aguda de Turín, ciudad en la que había crecido y que me había parecido siempre insignificante y estúpida, y que ahora me parecía preciosa en el recuerdo, con las largas avenidas por las que los tranvías pasaban balanceándose y haciendo sonar las campanillas., y en la que aquél grito gutural, amado y odiado, no se oía nunca.
Comencé a escribir El camino que va a la ciudad en Septiembre del 41. Me flotaba en la cabeza septiembre, el septiembre del campo en el Abruzzo no lluvioso sino caliente y sereno, con la tierra que se vuelve roja, las colinas que se vuelven rojas, y me flotaba en la cabeza la nostalgia de Turín, y también, El camino del tabaco que había leído, me parece, en aquél tiempo y me gustaba un poco, no mucho. Y todas estas cosas se confundían y se mezclaban dentro de mí. Deseaba escribir una novela, no solo un cuento corto. Solo que no sabía si tendría aliento suficiente.
Comenzando a escribir, temía que fuera, de nuevo, solo un cuento breve. Pero al mismo tiempo temía que me saliera demasiado aburrido y largo. Recordaba que mi madre, cuando leía una novela demasiado larga y aburrida, decía “qué empanada”. Antes de eso nunca me había ocurrido que pensara en mi madre mientras escribía. Y si había pensado, siempre me había parecido que su opinión no importaba nada. Pero ahora mi madre estaba lejos y yo tenía nostalgia. Por primera vez sentí el deseo de escribir algo que le gustara a mi madre.
Para no hacer empanadas, escribí y rescribí muchas veces las primeras páginas, tratando de ser lo más posible seca y brusca. Quería que cada frase fuera como una bofetada o un latigazo.
Personajes de verdad que nadie había llamado entraron en la historia que había pensado. Realmente no sé si había verdaderamente pensado en una historia. Descubrí que un cuento breve hay que tenerlo en la cabeza come en una vaina, pero un cuento largo, en cierto momento se abre paso él solo, casi se escribe por su cuenta. Yo me había parado mucho tiempo en las primeras páginas, pero después de las primeras páginas cogí carrerilla y seguí recta con un solo impulso.
Mis personajes eran gente del pueblo, que veía por las ventanas y me encontraba en los caminos. No llamados y no requeridos habían venido a mi historia: a algunos los había reconocido enseguida, a otros los reconocí solo después de que terminé de escribir. Pero en ellos se mezclaban -también sin haberlos llamado- mis amigos y mis parientes más cercanos. Y el camino, el camino que cortaba en dos el pueblo y corría entre campos y colinas, hasta la ciudad de Aquila, había llegado también él hasta mi historia de la cual yo no sabía todavía el título, porque después de haber tenido durante años tantos títulos en la cabeza, ahora que escribía una novela no sabía qué título ponerle. Cuando terminé mi novela (así la llamaba en mi interior) conté los personajes y vi que eran 12. Doce! Me parecieron muchos. Aún me desesperé porqué verdaderamente no era una novela, sino nada más que un cuento un poco largo. No sé si me gustaba. O mejor, me gustaba hasta lo inverosímil porque era mío; solo me parecía que en el fondo no decía nada especial.
El camino era, por lo tanto, el camino que he dicho. La ciudad era a la vez Aquila y Turín. El pueblo era aquél, amado y odiado, en el que vivía finalmente hace más de un año y del que ahora conocía los callejones y senderos más remotos. La muchacha que dice “yo” era una muchacha que me encontraba siempre en aquellos senderos. La casa era su casa y la madre era su madre. Pero en parte era también una antigua compañera de escuela, que no había vuelto a ver hace años. Y en parte, era también de una forma oscura y confusa, yo misma

Natalia Ginzburg,
Cinque romanzi brevi e altri racconti, Einaudi Tascabili, Prefazione

Algunos errores son deliberados, sobre todo los nombres, prefiero Turín a Torino, Abruzzi a Abruzos, (si esto último es posible). Otros no sé traducirlos -no creo que L’Aquila sea El Aguila- o simplemente me gustan más las palabras italianas. Las repeticiones en las frases, muy frecuentes, son repeticiones de Ginzburg, están bien así, son su estilo.
Los otros errores son trabajos míos.`
Podía escribir In memoriam pero ni siquiera sé como se escribe. Para los que viven en las colinas rojas, de un septiembre cálido y sereno, y de algún modo, para los otros

Carta vigésimo octava

Tu no respetas los acuerdos.
Me escribes dos cartas al día.
Se han acumulado muchas cartas.
He llenado un cajón del escritorio, me desbordan los bolsillos y el bolso.
Tu dices qué sabes cómo está escrito Don Quijote, pero no eres capaz de escribir una carta de amor.
Y cada día te vuelves más irritable.
Además, cuando escribes de amor te hundes en el lirismo y emites burbujas… (te escribo desde el restaurante “Sur”, compuesta, sola, mientras espero una costilleta). De literatura entiendo poco (aunque tú, adulador como eres, dices que entiendo tanto como tú), pero de cartas de amor sé. No por casualidad dices que cuando entro en algún sitio, entiendo enseguida las relaciones entre las cosas y las personas.
Tu hablas de ti, pero cuando hablas de mí, me haces reproches. No se escriben cartas de amor por el propio placer personal, igual que un verdadero amante, en amor, no piensa en sí mismo.
Con diversos pretextos escribes siempre de una sola cosa. Deja de escribir cuanto cuanto cuanto me quieres, porque al tercer cuanto empiezo a pensar en cualquier cosa
ALJA

(el original en Sellerio editori Palermo, Zoo o lettere non d’amore)
(Alja es la escritora Elsa Triolet, amiga del autor. En París -se cuenta en el prólogo- existe un archivo donde se conservan las cartas originales entre Alja y Sklovskij)
(no estoy segura de que un verdadero amante en amor no piense en si mismo -casi creo lo contrario, salvo si es un amante que no existe. Si que creo que acabado el amor puede que el amante, todavía inventado, empieze a pensar en otras cosas y las piense algo mejor -o algo peores. Pero la carta no la escribí yo)

Si dejara de escribir – pienso

como si hablara con ella, que no me escucha

(por el simple hecho de que no está,

y la veo solo pasar

pensando siempre otras cosas, siempre con  prisa)-

si dejara, qué  me queda entonces por hacer?

Vivir?- aventuro, y me quedo un poco en vilo,

sin una idea precisa: de  la vida

sólo la idea me cansa.

Y la escucho a ella riendo  por las escaleras:

Después de tantos años todavía en “que me queda”?

Te queda aligerar un poco las  maletas

y esperar sin pesos  la marcha

Si puedes pensando con luz clara 

Una libreta,  una o dos plumas, y  basta

 

el original

Días resplandecientes y una pena sutil

que excava y duele, pero decirla solo   

fingiendo que es bagatela,

un  rasguño  leve que  una tirita

cura –o  un poco de sol.

 

 

el original

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nos invitó a cenar a mí y a Adriana Asti en un restaurante, para hacernos saber que poco le gustaba aquella comedia. La encontraba fatua, boba, azucarada, afectada y falsa. Había empezado diciéndome: “Te diré la verdad”. Así solía decir y repetir cuando recriminaba a alguien. Aquella noche sus recriminaciones eran muy ásperas y severas, y era como si yo hubiera hecho no una mala comedia, sino una mala acción. Estaba enfadada conmigo, pero también con Adriana Asti, que le parecía de alguna manera cómplice de aquella acción culpable. Pero estaba enfadada sobre todo conmigo. La frase “te diré la verdad”, pronunciada con su voz argentina y aguda, la escuché más veces en el curso de aquella cena, en la mesa de aquel restaurante, al abierto  y bajo una pérgola, en el aire fresco y húmedo de fines de septiembre. Yo tenía con Elsa relaciones muy similares a los que tenía con mi hermana. Cuando se enfadaba conmigo y me recriminaba enmudecía porque todo lo que hubiera podido decir me parecía un montón de trapos. Lo mismo me sucedía con mi hermana. Amaba Elsa y todo lo que me venía de ella  me parecía un bien incluso cuando me era doloroso. En sus furias sentía siempre algo que daba salud y fuerza. De aquellas furias suyas uno salía desconcertado y atónito, sintiéndose como un perro que se cayó en una acequia y vuelve a tierra y se sacude el pelo. Salía atónito pero no herido y no humillado. Aquella noche como tantas otras veces, pensé que estar con Elsa era para mí como estar con mi hermana. Las furias de mi hermana eran como las furias de Elsa, violentas, impetuosas y generosas. No dejaban ni heridas, ni llagas ni sangre. En aquella ocasión, sabía que aquellas furias no me habrían inducido a revisar mi comedia o a rescribirla, sino solo a explorar atentamente la total demolición. Lo extraño es que a quién escribe pueden serle sumamente benéficas las totales demoliciones, en la misma medida que pueden serle sumamente  benéficos los totales consensos. Quién escribe es vanidoso y está deprimido. Lo acompañan y lo socorren demoliciones y consensos nutriéndolo, sosteniéndolo mientras rebota de una parte y de la otra, entre las depresiones y los sueños de gloria. Lo que hace verdaderamente daño a quién escribe es en cambio una cortés, lluviosa, opaca y soñolienta indiferencia. Yo ahora releía mi comedia con los ojos de Elsa y la encontraba como había dicho  ella. Fatua, azucarada, afectada y tal vez falsa. Salvaba algunos pequeños detalles. Donde se habían insinuado hechos y personas de mi vida. Pensaba que tal vez a  Elsa aquellos pequeños detalles se le habían escapado. Aquella comedia no la he roto y no la he vuelto a meter en un cajón. Estaba unida a ella. Continuaba deseando verla en un teatro. La han representado en invierno. Actuaba Adriana Asti

 

 

Julio, 1989

Tutto il teatro, Natalia Ginzburg, Einaudi

Por  aquellos días […] vino a mi casa la actriz Adriana Asti, que yo conocía bien, y me dijo si escribía una comedia en la que ella pudiera actuar.  Le dije que me parecía difícil.  Después me marché al campo. Allí estaba sola y me aburría y me puse a pensar qué clase de comedia podía escribir. Tenía curiosidad por saber si el malestar persistía o desaparecía.

Al principio tenía en la cabeza las siguientes cosas: la cara de Adriana Asti y su sonrisa irónica; y el Teatro Carignano de Turín donde había estado por primera vez cuando tenía 8 años, viendo una comedia que me había parecido magnífica: no me acordaba de nada salvo del título, Peg de mi corazón, y de una muchacha delgada con un gran sombrero de paja. Quizá por esto inicié  una comedia que empieza con  un sombrero. En las primeras frases salía  un sombrero. Pero se había transformado en  un sombrero de hombre. A medida que escribía el Teatro Carignano desaparecía. No sentía ningún malestar. De Adriana Asti hice una muchacha esbelta y frágil; era esbelta y frágil pero la hice más delgada y más frágil  y más pequeña de lo que era. La hice  una muchacha mucho más pequeña, desordenada y vagabunda. Veía que estaba saliendo una comedia alegre. Porque estaba saliendo alegre, no lo sé. Yo no era alegre. Pero a lo mejor salía alegre por el gran y divertido estupor que uno siente cuando hace una cosa que se había ordenado a sí mismo no hacer nunca. O a lo mejor salía alegre porque la escribía de prisa, sin ceder a respirar melancolías,  o parándome a respirarlas solo unos instantes. La escribía de prisa por el miedo a no conseguir acabarla. De prisa y por aburrimiento. Sabía bien que no conviene nunca escribir por aburrimiento: el aburrimiento es casi siempre infecundo. Al aburrimiento no hay que obedecerle. Pero a medida que escribía el aburrimiento desaparecía. La terminé en una semana. Cuando uno escribe a veces está parado, a veces camina y a veces corre. Esta vez tenía la sensación de no correr sino de resbalar. Me encomendaba al azar, como cuando era muy joven, cuando escribía a ciegas y sin saber a donde diablos quería llegar. Me parecía que había vuelto a caer en la infancia. Era una comedia con monólogos interminables. Pensaba que ninguna actriz hubiera sido capaz de aprenderlos de memoria. Como comedia me parecía del todo inutilizable. La casa en la que estaba era nueva y no habían puesto todavía el teléfono. Para ir a telefonear había que caminar una veintena de minutos entre senderos y viñas. El teléfono público era en un bar en la carretera. El servicio telefónico interurbano no existía y para llamar a Roma había que pedir una cita telefónica y esperar varias horas. A Adriana Asti la telefonee varias veces. Una vez para decirle que había terminado una comedia pero que los monólogos eran demasiado largos y ella no podría aprenderlos de memoria. Me dijo que se la mandara y se la mandé. En aquél bar, y caminando entre aquellas viñas al ir y al volver, descubrí que a esta comedia que había escrito por aburrimiento y deprisa y resbalando y encomendándome al azar, en realidad yo estaba de alguna manera unida y tenía muchas esperanzas de que alguien la representara. Otra vez telefonee y Adriana Asti me dijo que la comedia le iba bien y que los monólogos tan largos no le creaban ningún problema.

Volviendo a Roma le di la comedia a leer a Elsa Morante, a la que no le gustó lo más mínimo

 

(continúa)

 

el original en Tutto il teatro, Natalia Ginzburg, Einaudi

 

Querida Wambua, cómo te lo pasas por ahí abajo? Hace pocas horas que te caíste y ya me faltas a lo loco. Desconsoladísima me tomo el licorcito de las 10 y no sé con quién ponerme de cháchara. Tengo tanta nostalgia de nuestros revoloteos y de tu sentido del humor, de verdad formidable. Nunca me reí  tanto en toda mi muerte! Por lo que  me toca creo que voy a reencarnarme  dentro de un par de meses, más o menos. Me estoy quedando sin plumas. Y me ha parecido intuir, de ciertos soplos amigos, que me va a tocar pasar diez  años de gato, a lo mejor soriano. Ya ves, se mataron pensando! Me llamarán por algún nombre estupídisimo si tengo la fortuna de tener un amo. Mimí, gordo, pussy, betty boop. Puaj. Sabes que te digo? Me hago vagabunda y voy a vivir al bidón de la basura. Te mando un beso con la punta de los dedos  y si por casualidad nos cruzáramos, te agradezco, no me pongas en escabeche.

Miau

Tuya Geltrud

Ñe…  Ñe…  Ñe … Geltrud! No entiendo nada, es todo tan raro. Hace tanto calor y todos son negros. También yo soy negra, pequeña enana. Mi madre me lleva en la espalda. Y pensar que  medía 1,90 tenía pura sangre irlandesa en las venas!

chao chao

Wambua

el original