Esta noche ceno con un amigo, mañana una comida también y el miércoles lo mismo.
Yo, que hace dos años y medio no veo a nadie si no cojo un tren.
Es demasiado, pienso.
Tres días seguidos no puede ser.
El tiempo largo lento y solitario que me gusta y del cual tengo necesidad se llenará de golpe.
No estoy acostumbrada y a lo mejor no nací así.
Pienso en las cenas que hacía de cría.
Salía enferma del cansancio físico y mental.
No invito a nadie a cenar desde hace más de cuatro años.
He decidido no hacerlo más.
Puedo invitarlos en un restaurante, en todo caso.
El amigo que veo esta noche me invita a cenar a un restaurante, no se le pasaría nunca por la cabeza cocinar.
Yo lo mismo, a mi edad ya se cocinó bastante, no se tienen más ganas.
Yo no tengo más ganas.
A lo mejor nunca tuve ganas.
Hace seis o siete años decidí que no era hospitalaria.
No soy hospitalaria, anuncié, me dí cuenta de repente y me pareció una liberación.
Se sabía, dijo mi hija.
No ser hospitalarios no es un crimen.
Nosotros los poco hospitalarios estamos muy presentes.
Los no hospitalaros dulces de corazón, como yo, se matan por ser hospitalarios, por responder a los exigencias de los otros y al sentido del deber, y salen devastados.
El día después se va en recuperar las fuerzas, restablecer el tiempo interno, el silencio.
Viví con un hombre, alrededor de 7 años, que tenía que ver gente al menos una noche sí y una no.
Para ver gente tres veces por semana hace falta coger lo que hay.
Ha sido una de nuestras mayores causas de confronto.
La semilla que llevó al adiós.
Junto con otras.
Se podría pensar que soy un oso.
Hay quien lo dice.
No es verdad, soy una persona brevemente sociable.
Para mí es bueno el teléfono.
El correo electrónico.
También el blog.
El breve encuentro casual por la calle, con promesa de volver a verse.
Raramente mantenidas, pero que dan la impresión de que el mundo es rico y variado y con encuentros.
Nos vemos, sí, te llamo, tal vez la semana que viene, sí.
Me parezco a mi padre.
A mi madre, que le da por la sociabilidad y que todavía hoy, con casi noventa años, ve gente todas las semanas, si no todos los días, va al cine, al teatro, a conferencias, toma aperitivos con sus amigas, mi padre le decía, tu necesitas ver gente porque no tienes vida interior.
Yo en efecto tengo vida interior.
Eres impermeable me dijo una vez una amiga.
Y es duro hacer entender a las personas que conozco y que evito ver que no los veo por indiferencia, pienso en ellos.
Pero no tengo necesidad de verlos físicamente.
Me cansa.
Porque de mi madre heredé el ansia comunicativa que me empuja, cuando después estoy sentada en la mesa y los tengo enfrente, a ser brillante, y si no lo soy me parece que no hice mi trabajo.
Invita a cenar a tu prima, dice el marido de mi prima a mi prima, es brillante.
Más me aburro, más brillante.
Me aburro, pienso, vamos a agitar un poco las aguas.
Luego vuelvo tambaleándome hacia casa y le digo a la persona con la que vivo, madonna, no me pidas que salgamos nunca mas.
Pero si hablaste y te reíste toda la noche, dice él.
Justo.

el original

Es un ejercicio solo. Algunas veces me imagino que recupero la lengua, mía. Que ahora vivo, no sé, en Africa y solo oigo sonidos insólitos hasta que una noche vuelve el español, como un río, como al otro lado del río -y entre los árboles. Por el momento no vuelve. Está aquí como un telegrama y como si estuviera anunciando que alguien murió, la hora del entierro. En fin, yo espero. Qué leí ayer antes de dormir? Algo sobre Lázaro, cuando volvía. Volvía y era todo nuevo. Ya desde los párpados, los abría y casi volaban, los ojos y las cosas

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Cuando hace una bella noche estrellada, el señor Palomar dice: -Debo ir a ver las estrellas-. Dice exactamente: – Debo, – porque odia los derroches y piensa que no es justo derrochar toda esa cantidad de estrellas que viene puesta a su disposición. Dice también “Debo” porque no tiene mucha práctica sobre cómo se miran las estrellas, y este simple acto le cuesta siempre un cierto esfuerzo.
La primera dificultad es la de encontrar un lugar desde el cual su mirada pueda vagabundear por toda la cúpula del cielo sin obstáculos y sin la invasión de la iluminación eléctrica: por ejemplo una playa marina solitaria en una costa muy baja.
Otra condición necesaria es llevarse encima un mapa astronómico, sin el cual no sabría qué está mirando: pero cada vez olvida como se hace para orientarlo y tiene primero que ponerse a estudiarlo por media hora. Para descifrar el mapa en la oscuridad debe también llevarse una linterna de bolsillo. Las frecuentes comparaciones entre el cielo y el mapa le obligan a encender y apagar la linterna y en estos pasajes de la luz a la oscuridad se queda casi ciego y debe reajustar la vista cada vez.
Si el señor Palomar hiciera uso de un telescopio las cosas serían más complicadas bajo ciertos aspectos y simplificadas en otros; pero, por el momento, la experiencia del cielo que le interesa a él es el cielo a simple vista, como los antiguos navegantes y los pastores errantes. A simple vista para él que es miope significa con gafas; y como para leer el mapa las gafas debe quitárselas, las operaciones se complican con este subir y bajar las gafas sobre la frente y conllevan la espera de algunos segundos antes de que su cristalino vuelva a fijar las estrellas verdaderas o las estrellas escritas. En el papel los nombres de las estrellas están escritos en negro sobre fondo azul y es preciso acercar la linterna justo encima del folio para distinguirlas. Cuando se alza la vista al cielo se ve negro, espolvoreado de vagos clarores; solo poco a poco las estrellas se fijan y se disponen en dibujos precisos, y más se mira, más se ven aflorar

(sigue. No enseguida)

Italo Calvino, Palomar, Oscar Mondadori

Segunda introducción a la tercera edición

Querido pasado, te marchitaste.
Se marchitaron las aceras por las mañanas de las calles berlinesas.
Los mercados espolvoreados de pétalos blancos de manzanos en flor.
Las ramas de los manzanos, en los puestos, se alzaban sobre los tenderetes del mercado.
Más adelante, en verano, había rosas de tallo largo, probablemente eran rosas trepadores.
Las orquídeas se encontraban en el negocio de las flores de la Unter der Linden, pero yo nunca las compré.
Caminaba por las calles de Berlín, enamorado, como una vela al viento. Con un poco de buena voluntad se puede comprender esta frase. Luego he rehecho este libro, cuando todavía hacia daño. Pero finalmente, hace tiempo, aquel pedacito de corazón cortado lo extirparon. Me da pena solo por aquél pasado: por el hombre que ha sido.
Tengo un héroe, porque el libro finalmente ya no está escrito sobre mí. Lo he dejado (mi viejo yo) en este libro, igual que en las viejas novelas se dejaba en una isla al marinero culpable.
Vive, querido, aquí hay calor y sentimiento. Vive, querido, yo no te cambiaré. Siéntate, observa el atardecer. Las cartas que no figuraban en la primea edición, fueron verdaderamente escritas por ti, pero tu, entonces, no las mandaste.

27 de julio de 1928

PD/ Doy vueltas a las introducciones de este libro, como un hombre que no consigue dormir.

MARIPOSA CANSADA

el otro día, por la noche, cuando estaba ya en cama, me vino a la cabeza una extraña imagen

una mariposa, más bien grande, pero como todas las mariposas ligera

con alas dibujadas en retícula arabescada negra, digamos grafismos negros sobre un color, digamos, nata o leche

bien, esta mariposa… las alas de esta mariposa están cargadas de cosas. De pequeñas cosas. Primero un montoncito, después un montón consistente por ala. A la vista, como un montón de botes, elementos metálicos, latas, pedazos de tubos, pernos – pernos!- metálicos, por lo tanto, pesados, probablemente angulosos y/o cortantes

la mariposa lleva el peso de dos montones de cosas, en las alas

las alas sufren, la mariposa sufre, pero no se rompen

la mariposa intenta alzarse en vuelo. Parada, ya no puede cerrar las alas. Sufre como dos párpados que no pueden cerrarse, reposan humidificándose pero da igual

la mariposa pliega el cuello hacia adelante, si la mariposa tiene un cuello, como un mulo cargado, un mulo de carga, la mariposa tiene una “carga”, no puede alzarse, las alas se desenpolvan un poco por el roce con las puntas de los metales, los metales relucen ligeramente (pero son grises, gris azulado, gris plomo), las alas de la mariposa son resistentes pero la mariposa no lo consigue. Continúa probando. Prueba indefinidamente. Es ésta la imagen.

MARIPOSA

Algunas mariposas viven solo una hora y sin embargo les da tiempo a cagarse la vida

CARACOL PREDESTINADO

No se puede sacar a un caracol de su concha, si no se convierte en un caracol muerto. Entonces lo dejas como es, lo posas delicadamente en tierra, luego intentas girarte, pones mal el pié, y lo aplastas

el original

Todas las ventanas en el valle estaban encendidas

En el corazón de la noche, cuando
el amanecer parece un cuento,
un asunto de niños,
y el día que se fue una ilusión,
el rastro de un sueño,
hay un pájaro que canta en la oscuridad
o mejor, hace escuchar su voz-
un gorjeo y una voluta pequeña
un amago de nota.
Lo oigo si me desvelo
o volviendo tarde a casa, insomne.
No sé donde tiene el nido
si en el techo o en el pino del prado
o en una terraza de esta casa.
Parece que cuenta un secreto, que repite
una historia que no le deja en paz,
un señuelo, un drama de engaños suyos
y esperanzas sin fundamento,
un monólogo largo sobre un amor
tan perdido quizás como el día,
pero que de noche vive y duele.
Nadie le contesta. Y sin embargo
no se lamenta. Canta,
aunque cante en tono menor.

el original

XXV

Está de nuevo mirando el mar ahora. Otro, uno diferente que ahora va adelante y atrás, adelante y atrás, como si no acabara de decidirse. Cubre las conchas, empuja las algas, se marcha al abierto, de pronto temeroso, después de haberse dirigido audazmente a ella, piensa Sandra mirándolo. Apoya los talones en la arena y espera que se mueva bajo sus pies, desgarrada con delicadeza, como por un animal demasiado pequeño para ser temible. Es transparente. Tal vez porque es tan temprano, poco después del amanecer y desierto.
El aire es frío. Un buen día de finales de mayo. Ya con algunas señales del verano. Quizás en la luz. Sin duda, en la luz. El olor es el de siempre, salino, vagamente descompuesto, pero apenas corregido por indicios de … no sabe cómo llamarlo, de mar piensa sonriendo, de qué otra cosa.
Después de tantos meses ya no es en Armida en quién piensa, si no en otra que se ha ido, la madre de su madre, a la que el mar nunca le gustó. Por la arena, por todos esos cuerpos desnudos que ofendían su sentido estético y su decencia.
Qué cielo claro, observa mirando hacia arriba. Casi blanco. Ya azul sin embargo. Será un día precioso. Seco, terso.
La arena es dura bajo sus pies, de esa singular incomodidad que durante el invierno, si algo se la hace recordar, evoca súbito el verano. La incomodidad del paseo de madera finalmente en obras sobre las vigas de cemento del rompeolas. Y por debajo, boca abajo, el ruido y la luz del agua. Y por arriba, si nos giramos sobre la espalda, con las piernas y los brazos estriados por la madera desnuda sobre la que sin darnos cuenta nos hemos dormido, el cielo.
Todo esto ya no existe, piensa. Como ella.
Se ha ido de verdad, esta vez.
Si se queda así, tendida, volverá a dormirse. Un cangrejo le pellizca el pié. Un cangrejo muy pequeño, piensa. Pero ella hubiera lanzado un grito de espanto, imagina. Mientras que quizás por una rata, un ratón, no habría abierto la boca. O quizás no, quizás las señoritas se asustan por las ratas. Y ella había sido una de esas señoritas, una vez.
Qué conchas harán falta para hacer una arena tan dorada, oscura solo donde el mar continúa sus tímidos avances? Cuántos delicados caparazones de cangrejos, calcinados y desmigajados y pulverizados, cuántos detritos planetarios, llevados por las corrientes? O quizás solo detritos locales. Claro. Solo locales. Arena. Roca incoherente, se llama así, aliñada con sedimentos vivos. Constituida de huellas.
Cuánto tiempo, piensa feliz. Hace cuánto tiempo no estaba así sola, sintiendo el roce del agua en el rompiente y un fragor más lejano, una suma de pequeñísimos estruendos y crujidos que se agitan de un punto a otro de esta superficie ni siquiera demasiado vasta, doméstica?
Le hubiera gustado estar así, con ella? La naturaleza nunca le había sorprendido. Nunca emocionado cree. Los sentimientos en cambio si. Los más falsos en especial. Amores nunca vividos y sin mancha. Todo lo que no pudo ser. Lo que en cambio había sido encontraba su lugar en la buena administración de la vida. Parejas, hijos, nietos. Ovillos de lana bien compactos, agujas e hilos bien ordenados. Cartas atadas y cuidadosamente metidas y sacadas de sus sobres, etcétera etcétera, pensó. La sagrada pacotilla.
Habían tenido todas la tentación de ordenar los armarios.
Ven mejor tu aquí a sentarte y mira de una vez el mar sin disgusto, le dice.
Y qué habría podido responder, ahora, a su invitación de siempre: cuéntame algo, querida? No ha ocurrido nada especial, habría dicho también hoy. Nada al menos que se pudiera ordenar en un estante y de lo que se pudiera decir: éste es el final necesario, aquí se concluye, hay un orden en las cosas. Había simplemente pasado tiempo, y cada momento había estado de acuerdo o en contradicción, sin leyes que ella al menos reconociera como tales. Y también ella había cambiado, cierto, pero solo como cada cosa que se mueve interminablemente hacia el propio desorden

L’inesperienza, Silvia Bortoli.
Manni Editore, 2003

Temporal durante una fiesta de matrimonio provoca apariciones

Disimulando una, batía bajo la arena
La otra casi en topless
Mugía al cielo
Negro muy negro
Como un chal negro

Los invitados andaban a rebolos
Se regaban con champán
Para sobrevivir al naufragio del corazón
Que habían imaginado a salvo
En aquella bahía perfecta

La tercera, la tercera
Acunaba las flores de la esposa
Y las acariciaba
Convencida de que tenían ojos
Después con gestos discretos
Dejó el ramo en la esquina de la mesa grande
Y se echó a un mar
Silencioso e inmóvil
Como una orquesta
De repente
Muerta

No un salto
Solo pétalos como harina suelta
Pero le agarró al verano el pecho
Y se sacó de encima
La araña negra del silencio
Una nota gastada
Y blanda
Un bajo pegajoso
Anunció entonces
El desbordamiento
De una nota precoz

En el último momento
Un rayo de sol prisionero y rabioso
Mordió el muslo blanco
De una jóven turista inglesa
Ya prisionera de la pez
Fue solo por un instante
Que ella amó
Y recuerda para siempre

Rescates. Bahía de Lun. Isla de Pag. 2003

l’originale Derrida lo abbandonò chattando in Dire una notte -o un meriggio. Molti mesi fa, l’anno scorso, a marzo

Nadie me escribe, nadie pasa por aquí, nadie me llama, aparte de teledos o telemás que quiere saber si prefiero un vestido azul a alguna otra cosa que no le he dado tiempo de decirme.
Y Mari, que busca a Tere.
Tere, soy Mari.
Mire que se ha confundido de número.
Tere…
Soy otra vez yo señora.
Tere…
Por favor marque BIEN el número.
Tere…
Escuche, no puede aprender a marcar BIEN el número?
Tere…
Mire que es la DECIMA vez.
Tere…
Pero lo hace aposta, empiezo a hartarme, aprenda a marcar bien el c*** de número, escríbaselo.
Tere…
No.
Tere…
Soy siempre yo señora, no querría aprender a marcar ese condenado número sin romperme las narices?
Luego estoy sola.
Sola con 30 plantas de petunia a las que hay que espulgar de las flores secas y les salen 10 por planta cada 3 horas.
Debería estar contenta. Soy de tipo solitario, bendito por la conexión a la red que me autoriza a estar o no estar exclusivamente cuando quiero, a parte de Mari, y apasionada por las flores secas que funcionan mejor que cualquier medicamento para tener controlada la tensión que Mari me hace subir.
He incluso intentado chacharear un poco pero finalmente le doy miedo.
Soy la voz severa que le dice que puede vivir sola encerrada en casa, hablando con Tere, o en su barrio, soy la prueba de que es mejor llamar a la puerta, aunque el teléfono es una gran invención, o lo sería, si no la pusiera en contacto conmigo que le riño y le trato mal.
Mari es vieja, se nota por la voz, a lo mejor no más vieja que yo, pero tecnológicamente vieja, lo que quiere decir que está fuera de moda, y que mi voz seca le asusta, como le asusta la voz grabada del call center.
Mari no llama al INPS (1), va allí y hace horas de cola.
Mari no tiene un pin una password una conexión wifi una cuenta bancaria tarjeta, no tiene ni siquiera un móvil.
Tendrá un mando a distancia, me digo, y la veo sosteniendo el mando con las dos manos y aplastando los botones con precisión, es más, lo acerca a la televisión cada vez que quiere cambiar de cadena, pero no hace zapping, le gustan los anuncios, aunque algunos no los entiende.
Mari no sabe lo que es un no-lugar, y si la han llevado nunca ha sabido lo que era un no-lugar.
Mari si tiene que coger un tren, va a sacar el billete a la estación.
Mari tiene ansiedad si tiene que mirar el tablón de las salidas.
Mari ve la televisión y cuando llegue el descodificador padecerá días de pasión.
No sabe qué es un descodificador, a lo mejor tiene un marido que sabe qué es o un hijo, pero ella no tiene la más pálida idea y para todo lo que tiene que ver con el mundo exterior depende de alguien, estará agitada durante días, como se agita cuando me llama en vez de llamar a Tere.
Es más, enmudece.
Ahora basta con que diga, Si? Y ella reconoce mi voz y cuelga enseguida asustada, siento su ansiedad, tiene incluso un olor que me llega a través de la línea.
Quién es Tere, me he preguntado, una hija? O una cuñada, una amiga?
Y dónde está? En la aldea? O en algún sitio todavía más pequeño?
Mari no tiene el carnet de conducir, se nota por la voz. Tampoco yo tengo el carnet pero no se nota por la voz.
Pienso que he discutido con amigos que sostienen que toda Italia, es más, el mundo, tiene un ordenador por familia, si no por cabeza, y Internet les impide a los niños ver un burro vivo, porque ahora los burros son todos virtuales.
A lo mejor Mari tiene un burro, la próxima vez se lo pregunto.

El original:

(1)INPS, Instituto Nacional de Previsión Social

En fin, me arriesgué con esta traducción. Puede que haya traducido disparates tipo cabellos galopantes -lo que no sería tan insólito si soplara algo de viento- por caballos galopantes y cosas así o peores. Esperemos que sean las menos

[...] Teresa, tal como yo la leía, conseguía, extasiándose y escribiendo sus éxtasis, no solamente sufrir y gozar en cuerpo y alma, sino también curarse (o casi) de sus más gruesos síntomas: anorexia, postración, insomnios, síncopes (desmayos), epilepsia, gota coral y mal de corazón,, parálisis, extrañas hemorragias y horribles migrañas. Mejor todavía, ella debía lograr imponer su política a la de la Iglesia reformando la orden del Carmelo. Y fundar diecisiete monasterios en 20 años: Avila, Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla y Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada y Burgos. Y escribir una obra abundante (sus Obras completas son 9 volúmenes en la edición crítica del padre Silverio de Santa Teresa). Y revelarse como una muy sutil experta en metapsicologia, mucho antes que Freud, es demostrable. Y imponerse como una hábil “mujer de negocios” en una Iglesia que no pedía tanto. Enamorada impenitente, agitada por un deseo insaciable por los hombres, por las mujeres, y naturalmente por el hombre-Dios Jesucristo, ella no sueña ni un instante en velar su pasión. Incluso si toma el velo, se enclaustra y se disimula bajo un rudo hábito de monja. Al contrario, Teresa aviva hasta el extremo sus éxtasis para sentir mejor las delicias -sadomasoquistas, sin duda- analizándolas enteramente*. Y nos lega esa obra maestra de auto observación y retórica barroca que no es un Castillo del alma, como se traduce un poco demasiado rápidamente, sino más bien un caleidoscopio de “residencias”, de moradas en español: un “aparato psíquico” compuesto de múltiples caras, de transiciones plurales, en las que la identidad de la escritora se escapa de ella misma, se pierde, se libera… sin que eso disguste a la afortunada ingeniera*. Y que podría hacer palidecer de envidia a mis compañeros psicoanalistas si se tomaran la molestia de visitar este “castillo” no como los otros.
Desde que ella ha surgido en el vagabundeo de mis noches submarinas, que se ha impuesto “por defecto” *en mi discurso, Teresa no cesa de invadirme en todo momento. No sin irritarme, sobre todo durante las sesiones de psicoterapia con mis analizantes. Que son todos y todas enfermos de amor, como Teresa, como Margarita Duras, como la informática y tantos otros. Como yo misma, salvo que después de tanto tiempo analizando y analizándome, me he desapasionado, y esto no es tan simple. A su manera, Teresa, tampoco se engaña: en todo caso, bastante menos que algunos de mis pacientes que aman sufrir por amor, ellos también, y fingen no entender mis interpretaciones, sin duda porque me aman demasiado.
Ella, Teresa, no duda en ir a la “raíz” de sus “pecados”, de sus “deseos bullentes”, sus “caballos galopantes”, escribe, ni de atacar la incompetencia de sus confesores que no la entienden.

Estaba todo el daño en no quitar de raíz las ocasiones, y en los confesores, que me ayudaban poco; que, a decirme en el peligro que andaba; y que tenía obligación a no traer aquellos tratos, sin duda creo que se remediara, porque ninguna vía sufriera andar en pecado mortal solo un díia, si yo entendiera. Todas estas señales de temer a Dios me vinieron con la oración, y la mayor era ir envuelto en amor, porque no se me ponía delante el castigo. Todo lo que estuve tan mala me duró mucha guarda de mi conciencia, cuanto a pecados mortales. !Oh, válame Dios, que deseaba yo la salud para más servirle y fue causa de todo mi daño”

Thérèse mon amour, Julia Kristeva,

Notas
1. El texto que se cita al final, de Santa Teresa, en francés, Vie, 6.4 lo extraigo de Libro de su vida, editorial Porrúa, México

2. Donde, un ejemplo solo, está escrito “par defaut”, dudé si elegir la acepción usada en informática, “por defecto, predeterminada”, o la acepción del derecho, “en rebeldía”: Como me gusta más ésta, rebelde, elegí aquella. “En rebeldía” se siguen los juicios en el que uno, llamado a contestar en un proceso, no comparece: es declarado rebelde. Podría pensarse que Teresa, llamada a juicio, no va a comparecer, por lo que se seguirá la causa en su ausencia. Queda toda su obra hablando y un juez bueno -o un buen abogado.
En fin, otras trescientas notas exóticas así, divagantes