que muy probablemente se había quedado en casa leyendo a Tito Livio […], yo debo hablar de un viaje, un viaje a Islandia. Un viaje a Islandia no puede no empezar mucho antes de que se cierren las escotillas del avión. Es una prehistoria de ansias, de angustias, de “no soy capaz”, “es imposible”, “ha sido una locura”, muros de prohibiciones se alzan entre el viajero y su camino; debe desatar innumerables nudos de “no”, en fin, tiene que hacer la maleta. Escritores y viajeros más competentes que yo han escrito páginas inolvidables sobre las maletas; me limitaré a exponer algunos rasgos peculiares de mi relación con las maletas. Los que aman las maletas oscilan entre dos diversas actitudes: hay quién desea maletas enormes y ligeras, en las que dentro quepa todo, y todo se vuelva ligero; otros quieren maletas pequeñas y manejables, que contengan solo lo esencial. Puesto que yo pertenezco a ambas escuelas, mi existencia de amante de las maletas es atormentada. Qué es “lo esencial”? Sobre una cosa no tengo dudas: son las tijeras. En rigor las tijeras no exigen en absoluto una verdadera maleta sino que ellas son, por decirlo de alguna manera, el centro de la maleta, lo que hace que una maleta sea tal, que un viaje sea un viaje. Sin las tijeras soy un Robinson miope que ha perdido las gafas o que ha sido abandonado por la cabra. Con las tijeras se domestican las uñas, y por algún motivo estoy persuadido de que sin tijeras un viaje no merece ser viajado. Desde hace años, cuando debo desplazarme, viajo con las tijeras; y si me entran dudas de haberlas olvidado, tengo sudores y el bolo histérico. Este viaje, además, al que me apresto, tiene características particulares. Cuando Jerome K. Jerome preparaba su viaje por el Támesis, no habían sido las guerras, el viajero era sano, se fiaba de una barca lenta y aproximativa. Ninguno de sus compañeros de expedición se prometía espectáculos más excitantes que un tranquilo cementerio en el campo, una posada pintoresca, una muchacha inglesa y rubia a la que exhalarle inocuas galanterías.
Mi caso es diferente: un poeta –ciertamente no el que inauguró la publicidad de las agencias de viaje –dijo de un tal que tenía el corazón parecido “a un laúd suspendido” que resonaba dulcemente con todas las brisas. Dejemos a parte las brisas, y también el laúd, pero ciertamente cuando hay huracanes mi íntima ocarina un poco de jaleo lo hace. Y aquí está una sección de medicamentos de la que debería sentirme orgulloso: no puedo llevarme conmigo una camisa de fuerza, ni sabría ponérmela solo, ni sabría como persuadir a otros para que me la apliquen, por las notas dificultades que tiene un angustiado para explicarse con convincente claridad, sin hacer escapar a los caballos. Pero puedo llevar conmigo kilos de tranquilizantes, de blandas manos químicas que me acunen en los momentos difíciles, me consuelen cuando el diafragma enloquece, el esófago se anuda, las tripas pierden el mapa de sí mismas. Tengo también pastillas y tiritas y inyecciones para precipicios y digestivos y tres tipos de antiácidos. Tal vez nada de todo lo que preveo ocurrirá nunca, pero en cualquier caso no puedo renunciar a asistirme, a producir por mi parte una enfermería de bolsillo, portátil, en miniatura.
Todo esto hace pensar que yo no sea el tipo adecuado para viajar y que considerándolo bien podría quedarme en casa leyendo, como aquél tal que escribía poesía, Tito Livio. A menudo me lo pregunto yo también y concluyo que existen solo dos tipos de viajes que me son congeniales: los viajes con el autobús número sesenta de la Nomentana a Piazza San Silvestro, Roma o el viaje en jet a Singapur. El viaje a Islandia pertenece a la segunda categoría y si bien hace pagar tasas de ansia, lo siento mío.
Giorgio Manganelli, L’ isola Pianeta e altri settentrioni, Adelphi, 2006 -aquí en el texto original
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